El Foro Económico Mundial de Davos 2026: IA en contexto

Por Javier Surasky


Gruppos de personas se reunen en 4 coaliciones informales y debaten asuntos de Inteligencia Artificial

Introducción

Los principales foros internacionales de la actualidad, como el Foro Económico Mundial de Davos (WEF), el G7 o el G20, se han vuelto espacios no formales en los que se articulan decisiones políticas de alcance global. Aunque carecen de capacidad para establecer normas vinculantes, las prioridades políticas que definen los países reunidos en esos encuentros dan origen a políticas concretas, ordenan narrativas internacionales y establecen marcos de interpretación que dan marco a la gobernanza a nivel mundial.

El caso del Foro Económico Mundial de Davos (WEF, World Economic Forum) es particular: si el G7 representa a la élite de los países industriales, contribuyendo a la convergencia de sus políticas y tomando decisiones que afectan de forma directa a otros Estados, el WEF es una reunión informal de las élites políticas, económicas y tecnológicas que permite ver el estado en que se encuentran sus relaciones, identificar narrativas hegemónicas y conocer las discusiones que están abiertas dentro del grupo. La participación en la reunión de líderes de países del Sur no modifica esa situación sino que la refuerza: escuchamos sus posiciones frente a la agenda marcada por las élites y sus demandas frente a estas.

En ese entendimiento nos interesa acercarnos a las discusiones que la reunión de Davos de 2026 ha mantenido en asuntos relacionados con la Inteligencia Artificial (IA) ya que, cuando una tecnología alcanza altos niveles de difusión y penetración transversal en la vida social, deja de percibirse como una innovación y adquiere carácter sistémico. El indicador empírico de ese desplazamiento es su aparición reiterada en debates, tanto en los sectores privado como público, que dejan de estar limitados a asuntos técnicos para integrarse en discusiones económicas, sociales y políticas. Esto es exactamente lo que ha ocurrido con la IA.

Eso no significa que se deja de innovar dentro del campo tecnológico, sino que se pasa a trabajar en dos planos diferentes e intercomunicados: el propio de los expertos que siguen produciendo avances al interior de la tecnología de referencia y el propiamente político relacionado con su despliegue, usos y controles.

La reunión de Davos de 2026 terminó de cristalizar esa realidad, que se encontraba en proceso de consolidación, dentro del plano de las élites globales, actuando como un eje en torno al cual se articuló el debate. No solo se habló, especialmente desde la presencia del sector privado, de la situación actual y perspectivas de corto y mediano plazo de la IA, sino que los propios países presentes la incluyeron al presentar sus expectativas de crecimiento, sus posturas frente a riesgos sistémicos existentes, sus impactos en áreas económicas y sociales y, lo que quizás sea definitivo, en su condición de infraestructura estratégica y como elemento constitutivo del poder.

Sobre estos temas quedaron expuestas versiones divergentes, algo que es propio del Foro de Davos en tiempos de crisis internacionales, ya que ese espacio habilita la coexistencia de narrativas en competencia entre los representantes de las élites, bajo condiciones de acceso y reconocimiento que no son en absoluto democráticas.

Partiendo de esas premisas, analizamos elementos críticos que han surgido de la reciente reunión del Foro de 2026 e identificamos “constelaciones de posiciones”, un concepto que nos permite trabajar con más libertad, y que entendemos describe mejor la situación, que el de “bloques” rígidos. Las constelaciones de posiciones, o simplemente constelaciones, representan alineamientos contingentes, con posibles solapamientos entre actores invirtiendo recursos de poder diferentes en más de una constelación según sus intereses, contextos y objetivos.

Hablar de constelaciones nos permite, además, resaltar el hecho de que no hablamos de grupos en los que exista acuerdo de posiciones sino patrones recurrentes de argumentación integrados a un espacio estratificado del que participan actores públicos y privados.

El WEF, por su alta densidad de élites, nos permite realizar un análisis de caso único utilizando un corpus que combina documentos oficiales del Foro con intervenciones de alta visibilidad, aplicando un enfoque interpretativo orientado a identificar definiciones de problemas, marcos de justificación y orientaciones de política. No pretendemos inferir mecanismos de causalidad ni partimos de la idea de que el WEF cuenta con representatividad o legitimidad globales, sino que queremos construir mecanismos de encuadre y legitimación discursiva que podrían influir en cómo ciertos cursos de acción se vuelven más o menos posibles en ámbitos internacionales, lo que acaba afectando directamente a las oportunidades de cooperación y conflicto a nivel global.

Davos: escenario de referencia global

La reunión Anual del WEF, que se celebra al inicio de cada año en Davos, es un espacio informal de deliberación estratégica de las élites globales. No adopta decisiones pero opera como plataforma de visibilización y coordinación discursiva de actores con alta capacidad de construir agendas internacionales. Más que decidir, ayuda a estabilizar prioridades y marcos interpretativos que luego se disputan en arenas formales (WEF, 2026).

El encuentro de 2026 tuvo lugar entre el 16 y el 23 de enero bajo el lema “Un espíritu de diálogo”, enmarcado en un contexto de tensiones geopolíticas persistentes, rivalidad económica, crisis del multilateralismo y aceleración tecnológica. Sostenía el Global Risks Report 2026, informe preparado por el mismo WEF antes de cada una de sus reuniones, que “la falta de certezas es el tema central Global Risks Outllok en 2026 [que] marca una épca de competición”.

Ese informe presenta cada año un ranking de percepciones de riesgos globales, y en 2026 destacaba que en un “panorama multipolar disputado [donde] la confrontación geoeconómica ha emergido como el principal riesgo global en el corto plazo” (WEF, 2026a:4), y “los resultados adversos de la IA” son el riesgo que más ascendió en el ranking, pasando del puesto 30 en un horizonte de corto plazo (2 años) al 5 en un horizonte de mediano plazo (10 años) (WEF, 2026a:9), lo que refleja claramente que la preocupación crece a medida que se espera esta tecnología alcanza nuevos niveles de logro y expansión.

Otros documentos presentados en Davos refuerzan este encuadre y establecen sus vínculos con sectores específicos: adecuación de habilidades de los trabajadores, brechas sectoriales de transformación digital, consumo energético, infraestructuras e inversión (WEF, 2026b; WEF, 2026c; WEF, 2026d; WEF, 2026e). En una línea complementaria, el informe Planetary Intelligence: AI for Global Risks and Resilience, también publicado por el WEF (2026f), introduce la noción de “inteligencia planetaria” [“planetary intelligence”] como idea emergente que combina IA con capacidades globales de observación y análisis para enfrentar riesgos sistémicos, reforzando su rol como infraestructura cognitiva.

En suma, en Davos la discusión sobre IA no se produjo en un silo técnico sino que se inscribió en un marco holístico de competencia y de renegociación de liderazgos. Para entenderlo mejor, ordenamos nuestro análisis en 2 planos entrelazados: el tecnológico y el geopolítico.

La aproximación tecnológica

Aquí el rol principal estuvo en cabeza del sector privado, ya sea en empresas vinculadas directamente al desarrollo de IA como en la representación de grandes fondos de inversión.

Las tensiones entre innovación acelerada y protección social fueron recurrentes, y dos fenómenos nos resultaron especialmente llamativos.

En primer lugar, el reenmarcamiento de los debates bajo el paraguas general de “necesidades sociales”: ¿Es mejor contar rápido con una IA que nos ayude a resolver problemas urgentes, como el cambio climático, o asegurar la protección de derechos de las personas frente a esta tecnología? Esta idea genera un nuevo encuadre que desplaza el debate hacia la aceptabilidad de ciertos costos: si la IA promete mejoras en seguridad, salud o productividad, ¿qué precio, en términos de derechos, se consideraría asumible para acelerar su despliegue? La respuesta que se dé a esta pregunta afectará directamente la consideración de las alternativas que buscan compatibilizar velocidad de adopción y salvaguardas ex ante (como los enfoques de “rights-by-design”, o de integración de mecanismos de rendición de cuentas en el diseño de modelos).

Jamie Dimon, CEO de JPMorgan, advirtió que la IA puede avanzar “demasiado rápido para la sociedad” y que gobiernos y empresas deberían intervenir conjuntamente para gestionar la transición, en particular mediante recapacitación y medidas de acompañamiento (Collingridge y Wearden, 2026), pero Satya Nadella, CEO de Microsoft, vinculó legitimación social al logro de resultados tangibles: la comunidad de IA perderá el “Permiso social para tomar algo como la energía, que es un recurso escaso” si su uso intensivo no se traduce en mejoras en salud, educación, eficiencia pública y competitividad (WEF, 2026g, 00.09.18).

En un acercamiento complementario, Mohamed Kande (2026), presidente de PricewaterhouseCoopers, sostuvo que la adopción aún no genera valor suficiente para muchas compañías, señalando un desacople entre expectativas tecnológicas y capacidades de implementación al interior del sector productivo.

Ambas tensiones, legitimidad externa y capacidad interna, se condensan en Jensen Huang, fundador y CEO de Nvidia, quien defendió inversiones sustanciales y destacó que estamos siendo testigos de “la mayor expansión de infraestructura en la historia de la humanidad” (Huang, 2026, 00:12:01). A mayor demanda de infraestructura, mayor consumo de energía y mayor necesidad de construir aceptación social mediante una narrativa de “necesidades humanas” compatible con la urgencia del despliegue.

En esta visión, la narrativa que se propone busca lograr aceptación social entendiendo a la gobernanza de la IA como condición habilitante más que como marco de establecimiento de acuerdos.

La aproximación geopolítica

En la inauguración, el presidente de la Confederación Suiza, Guy Parmelin, ubicó a la tecnología digital como desafío transversal a economía y sociedad, señalando que 2025 fue un año de convulsiones geopolíticas, económicas y digitales que “atraviesan nuestra vida cotidiana” (Guy Parmelin, 2026). A partir de posiciones expresadas en el Foro por líderes nacionales y del sector privado, identificamos tres constelaciones de posiciones, que comparten la afirmación de Parmelin como punto de partida, y que presentamos a continuación, lo que requiere de cuatro aclaraciones puntuales:

  • Davos es un foro de élites con acceso y visibilidad desiguales, por lo que las constelaciones no son representativas de un mapa global más amplio.
  • Las constelaciones se construyen por encuadre discursivo, no por el tipo de actor, y pueden agrupar Estados, empresas y líderes cuando comparten una misma orientación argumental.
  • Son clusters ideal-típicos, no campos excluyentes, y los actores pueden integrarse parcialmente en más de uno de ellos.
  • Se consideró la conveniencia de utilizar particiones más finas, pero no añadían información relevante.

Dejando sentadas esas condiciones, las constelaciones a las que nos referimos son:

a) Implementadores pragmáticos: con un enfoque funcionalista, buscan desplegar la IA para resolver problemas prácticos y adaptar organizaciones y economías. Se ubican aquí países que priorizan la adopción según su impacto tangible, como India, Emiratos Árabes Unidos e Indonesia. Subianto (2026), presidente de este último país, destacó la digitalización educativa; Jafar, de Emirato Árabes, subrayó la articulación entre gobierno, empresas y filantropía para absorber riesgos iniciales e invertir en infraestructura (Jafar, 2026).

Tal vez el mejor representante del sector privado en este grupo sea Elon Musk, quien participó del Foro pese a haberlo criticado durante años por considerarlo un espacio de élites sin legitimidad. Musk centró su intervención aplicaciones de IA y robótica, que describió como “esenciales para resolver la pobreza, el declive demográfico y el estancamiento económico de largo plazo” (Digital Watch, 2026).

b) Impulsores del desarrollo tecnológico competitivo: enfocados en IA como infraestructura estratégica que otorga ventajas sistémicas, priorizan acelerar inversiones y consolidar liderazgos.

Entre los países de este grupo se destaca claramente Estados Unidos, acompañado por Arabia Saudita e Israel. Trump (2026) enfatizó el liderazgo de su país en IA, y lo vinculó con su política energética e industrial, afirmando que Estados Unidos “está al frente del mundo en asuntos de IA con mucha diferencia” y que planea “más que duplicar la energía disponible en el país solo para nutrir a las plantas de IA”.

El otro gran referente es China, cuyo vicepremier, He Lifeng, cuestionó las guerras comerciales y destacó el liderazgo chino en capacidades investigativas y de patentes internacionales (Lifeng, 2026).

En el sector privado destaca aquí Nvidia, junto a las grandes empresas proveedoras de cloud computing, pero también en líderes de frontera como Darío Amodei (Director ejecutivo de Anthropic) y Demis Hassabis, Director ejecutivo de Google DeepMind.

c) Impulsores de una IA socialmente legitimada: enfatizan ética, sostenibilidad y cohesión social como condiciones de legitimidad del despliegue de la IA. En Davos, Alemania, Francia y Canadá se expresaron en esta dirección, con énfasis en la absorción social del cambio. Friedrich Merz, canciller federal de Alemania, por ejemplo, defendió alianzas “entre iguales” y una Europa antitética a las prácticas desleales y a la arbitrariedad comercial (Merz, 2026). Por su parte, la presidenta de la Comisión Europea, Úrsula von der Leyen, no solo señaló que la Unión e India se encuentran “están a las puertas de un acuerdo comercial histórico [que algunos] llaman la madre de todos los acuerdos”, dejó claro que Europa cuenta con todas la capacidades necesaria para impulsar atraer inversiones en IA, “lo que necesitamos es movilizar colectivamente estos activos hasta su máximo potencial. Y concentrarnos en lo esencial. El primer punto es crear un entorno regulatorio propicio y predecible”.

Casi como anécdota, el presidente de Francia, Emmanuel Macron, usó permanentemente durante el Foro unos lentes de aviador azules con cristales reflectantes, incluso durante su discurso, lo que pareció reforzar la narrativa de una Europa que no solo legisla la tecnología, sino que la habita (aunque, en realidad, parecen haber estado vinculados a una afección ocular).

En el plano corporativo, esta orientación también se manifiesta en intervenciones que conectan legitimidad tecnológica y sostenibilidad, como las de André Hoffmann, vicepresidente de Roche Holding y copresidente interino del WEF, quien advirtió que “si no hay naturaleza, no hay humanidad; no hay negocios, no hay dividendos, no hay accionistas” (WEF, 2026h).

Principales conclusiones

Davos 2026 mostró que la IA tiene un significado político ampliado: oportunidad económica, riesgo sistémico, infraestructura estratégica y vector de posicionamiento internacional, y también que ya es un objeto central de gobernanza informal: si bien la IA se integró en una narrativa transversal y fue señalada como objeto de competencia y cooperación global, la disputa por sus términos sigue abierta. En Davos las divergencias entre Europa y Estados Unidos en materia de IA se hicieron visibles en el contexto de las tensiones económicas y políticas más amplias que existen entre ambas partes.

Davos 2026 contribuyó a delimitar problemas, riesgos aceptables y trayectorias plausibles cuyo avance y sistematización se disputará en arenas internacionales formales. En este sentido, operó como dispositivo de alineación cognitiva, ya que no determinó resultados per pero incrementó la visibilidad de ciertos marcos y vocabularios, facilitando su portabilidad hacia otros espacios.

Los posicionamientos de élites no sustituye la política formal, pero puede condicionar qué propuestas aparecen como razonables, urgentes o inevitables, y el esquema de constelaciones que propusimos captura esa dinámica y la generación de intereses cruzados entre distintos actores: no hay pertenencia binaria (es parte/no es parte) a una constelación, sino patrones recurrentes de argumentación en clusters de bordes indefinidos, lo que lleva a que el acuerdo sobre la necesidad de establecer un régimen internacional para la IA sea un consenso de forma, pero no de contenido.

Si estas constelaciones persisten, y saberlo requerirá un seguimiento de posiciones en un marco cambiante, la gobernanza global de la IA tenderá menos de “gran acuerdo” y más de alineamientos parciales sectoriales. Investigaciones futuras deberían seguir cómo las narrativas que vimos en Davos sobre IA y los actores que se posicionan detrás de estas, circulan o no hacia negociaciones multilaterales formales, agendas regulatorias domésticas y estándares corporativos, y evaluar como responden las  constelaciones a una rivalidad geopolítica creciente.

Y es que la centralidad de la IA en Davos no puede comprenderse al margen de la competencia geoeconómica actual: su presencia en el Global Risks Report 2026, junto con la confrontación geoeconómica como riesgo dominante, refuerza la percepción de la IA como tecnología estratégica, un argumento que puede utilizarse tanto para acelerar como para desacelerar su desarrollo (WEF, 2026a).

Finalmente, el trabajo sugiere que espacios como el WEF participan en la coproducción del orden tecnológico e internacional, entendido como un proceso de coevolución entre marcos de legitimidad, prioridades de acción y criterios de autoridad, construido mediante la interacción entre actores públicos y privados. Ese proceso impacta en qué problemas se vuelven pensables y legítimos y en qué actores ganan o pierden autoridad, en un marco donde innovación, poder, riesgo y legitimidad se entrelazan.

Como comentario final, queremos hacer notar que la visión humana de la tecnología tuvo mucho menos protagonismo que la tecnológica, aunque resonó en la frase de Julie Sweet (2026), presidenta y CEO de Accenture, cuando sostuvo que “no se trata del ser humano in-the-loop, sino del humano en la conducción”.

Al fin y al cabo, como lo dijo hace ya tiempo Melvin Kranzberg (1986:557), “La tecnología es una actividad profundamente humana”, y discutir IA perdiendo su foco humano es como ser abogado pero despreciar la ley. Posible, pero contradictorio y con efectos potencialmente graves.

 

Referencias

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Jafar, B. (2026, 22 de enero). Remarks at World Economic Forum Annual Meeting 2026 (cit. en WAM). https://www.wam.ae/en/article/bycu8w0-global-leaders-call-for-responsible-deployment-fo

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