Por Javier Surasky
Cuando se habla de inteligencia artificial, normalmente las discusiones giran en torno a modelos, algoritmos o aplicaciones. Si vamos un paso más allá, aparecen temas de ética, consumo de recursos, gestión de datos, derechos humanos o, incluso, sobre qué significa "pensar" o "ser inteligente".
Todas estas cuestiones se articulan, junto a otras como la seguridad humana frente a la IA, el uso de tecnologías duales (civiles y militares), las posibles formas de gobierno de la IA a nivel nacional y global o las responsabilidades jurídicas por su utilización, dando lugar a un verdadero ecosistema de la IA, cuyos actores principales son empresas, gobiernos, universidades, organismos internacionales, centros de investigación, inversores, organizaciones de la sociedad civil y expertos que participan, de distintas maneras, en su desarrollo y gestión.
Por eso, entender la inteligencia artificial exige mirar más allá de la tecnología, asumiendo una posición situada en tiempo y espacio, y preguntarnos quiénes tienen capacidad para desarrollarla, financiarla, regularla, desplegarla, investigarla y definir las reglas bajo las cuales funciona.
La IA no existe en el vacío
Los sistemas de inteligencia artificial son el resultado de redes de recursos minerales, poder de cómputo, infraestructuras, datos y talento humano: para desarrollar modelos avanzados se necesita de todos ellos, más enormes cantidades de capital disponible, trabajo humano no siempre debidamente reconocido, desarrollo de mercados y usuarios abiertos a la innovación que puedan incorporar la IA a actividades económicas y sociales, públicas y privadas.
Todo ello ocurre en un mundo marcado por las inequidades y plagado de "gurús" de la IA optimistas y pesimistas que alzan alternativamente sus discursos sobre un futuro venturoso, incierto, peligroso o, incluso, de extinción.
Para buscar balancear el tablero aparecen gobiernos, organismos internacionales, tribunales, organizaciones de la sociedad civil, comunidades científicas y otros actores que intentan definir normas, estándares y principios, pero tampoco entre ellos hay más que algunos acuerdos generales que es difícil transformar en acciones concretas.
Desde esa perspectiva, alrededor de la IA se configura un sistema específico de relaciones económicas, políticas e institucionales, que se cuela en la vida social a través de múltiples herramientas de uso cotidiano para muchas personas: modelos de lenguaje masivos como ChatGPT, Claude o DeepSeek, plataformas de edición de audio y video asistidas por IA, filtros de imágenes y de correo no deseado, predicciones del estado de rutas y recomendaciones de caminos para llegar de un punto a otro son apenas ejemplos de ello.
Quienes controlan recursos estratégicos pueden influir sobre la trayectoria de la tecnología que nos acompaña, así como quienes producen conocimiento van determinando qué problemas se investigan, quienes desarrollan infraestructura van condicionando las oportunidades de acceso a capacidades avanzadas y quienes establecen leyes y estándares van definiendo las condiciones bajo las cuales esos sistemas llegan a la sociedad.
Analizar la IA sin considerar esas relaciones es, cuando menos, naive, y puede llegar a ser peligroso.
Del ecosistema al poder
Hablar de un “ecosistema de inteligencia artificial” me ayuda a presentar la idea de que se trata de un campo integrado por múltiples actores interconectados. Pero no todos ellos tienen la misma capacidad para influir sobre el conjunto.
En mi mirada, el poder dentro del ecosistema de la IA es entonces distribuido, relacional y multidimensional.
En este mapa, el poder se entiende como una propiedad difícil de cuantificar, pero visible en la capacidad de un actor para controlar recursos, condicionar decisiones, establecer agendas o modificar las posibilidades de acción de los otros.
Puede surgir del capital económico, del control de infraestructura, del acceso a datos, de la capacidad científica, del poder regulatorio, de la producción de conocimiento, de la capacidad de influencia política o de la posibilidad de definir los términos del debate.
Mapear actores permite identificarlos y analizar de qué forma ejercen su poder dentro del "spaghetti bowl" del campo de la IA.
¿Quiénes forman parte del ecosistema de la IA?
El universo de actores es muy amplio y sus fronteras a veces son imprecisas. Hecha esa salvedad, algunas categorías me permiten organizar el mapeo de actores de la IA.
El sector privado ocupa una posición clave. Empresas tecnológicas, proveedores de infraestructura, fabricantes de semiconductores, plataformas digitales, startups e inversores participan en diferentes etapas de las cadenas de valor de la IA, y hacen que ciertas opciones sean viables y otras no.
Los gobiernos intervienen como reguladores, financiadores, compradores, desarrolladores y usuarios de sistemas de IA mediante la adopción de políticas públicas, especialmente en campos como la industria, la ciencia, la educación y el establecimiento de marcos regulatorios de la propia actividad de la IA, además de establecer prioridades y, a veces, estrategias nacionales de IA que favorecen a uno de los modelos de desarrollo tecnológico y/o regulatorio que encontramos en pugna a nivel global.
La academia y las instituciones de investigación producen conocimiento científico y forman gran parte del talento humano que posteriormente circula entre universidades, empresas y gobiernos.
Los think tanks participan en la producción de ideas, diagnósticos y propuestas de política pública, contribuyendo a conectar investigación, gobiernos, empresas y debate público.
La sociedad civil incorpora perspectivas relacionadas con derechos humanos, inclusión, transparencia, rendición de cuentas, impacto social y participación democrática. Algunas instituciones actúan como watch dogs, pero muchas otras han tomado caminos proactivos de incentivo del cambio.
Por último, pero no menos importantes, al menos en teoría, los organismos internacionales constituyen espacios donde Estados y otros actores confluyen y dialogan, y constituyen el espacio mejor posicionado para abordar una tecnología que, por naturaleza, supera fronteras y culturas.
Estas categorías no constituyen compartimentos estancos y la circulación de personas, conocimientos, recursos e ideas entre ellas es un rasgo permanente del ecosistema de la IA. Además, una misma organización puede ocupar varias posiciones al mismo tiempo al desarrollar modelos, financiar investigación universitaria, participar en procesos de construcción de gobernanza de la IA y proporcionar infraestructura tecnológica.
Mapear actores, mapear relaciones
Identificar actores es solamente el primer paso.
Un mapa de poder resulta verdaderamente útil cuando permite observar también las relaciones entre esos actores. ¿Quién financia a quién? ¿Quién provee infraestructura? ¿Quién regula y cómo? ¿Quién controla los modelos, los datos o la capacidad computacional? ¿Quiénes quedan excluidos de los beneficios de la IA?
Estas preguntas nos llevan desde un listado agregado de actores hacia la idea de "ecosistema", porque el poder de una organización depende, entre otras variables, de su posición dentro de esta red.
El mapa de la IA también tiene una dimensión geográfica: las capacidades necesarias para desarrollar sistemas avanzados de IA están distribuidas de manera tremendamente desigual entre países y regiones.
Infraestructura computacional, capacidades educativas y científicas, capital y empresas capaces de desarrollar modelos de frontera tienden a concentrarse en unos pocos centros, lo que abre la pregunta sobre las "periferias digitales". Un mapa del poder de la IA debería permitir también visualizar estas asimetrías.
Un mapa necesariamente dinámico
El ecosistema de la inteligencia artificial cambia muy rápidamente. Surgen nuevas empresas; se producen adquisiciones; aparecen nuevas alianzas; se crean instituciones especializadas gubernamentales y privadas, centros de investigación universitaria y semiconductores que empujan los modelos siempre hacia adelante, sin que la evolución de los marcos regulatorios pueda seguirles el paso.
Por eso, un mapa del poder de la IA es, por definición, un mapa siempre inconcluso que, sin embargo, ayuda a observar los cambios y a seguir su evolución, y tal vez hasta sea útil para dar nombre y rostro a tomadores de decisiones que no siempre son fácilmente identificables.
Del mapa a las preguntas
El objetivo del Mapa de Poder de la IA de Global Radar Analytics es brindar un punto de entrada que ayude a identificar a quienes participan en la construcción de la inteligencia artificial contemporánea y a entender qué recursos controlan, cómo se relacionan y qué capacidad tienen para influir sobre el destino de esta tecnología, ya entrelazado al destino de nuestras sociedades.
Cada nuevo actor que se incorpora al mapa abre preguntas; cada actor que queda excluido de poder acceder a decisiones que afectarán sus vidas enciende una señal de alerta sobre el mundo que estamos construyendo.
Visto en conjunto, nos permite transformar un conjunto disperso de organizaciones en una arquitectura institucional, económica y política creada a partir de quienes tienen capacidad para establecer agendas y narrativas que condicionan y orientan el camino de la inteligencia artificial.
