Inteligencia artificial en la cocina: cuando el sabor se vuelve sistema

Por Javier Surasky

Versión en inglés (EN)

Este post está dedicado al Chef Mariano Bargas

Chef cocinando con ingredientes frescos mientras datos, moléculas y gráficos digitales representan el uso de inteligencia artificial en la creación de sabores.


Introducción

La inteligencia artificial empieza a intervenir en la creación del sabor. Al combinar datos, preferencias, compuestos químicos y modelos de predicción, transforma una parte de la creatividad culinaria, tradicionalmente ligada a contextos sociales y culturales, en un proceso calculable, repetible y escalable.

No se trata de robots en cocina ni de aplicaciones que sugieren recetas, que son los aspectos menos interesantes del problema, sino de la IA interviniendo en una actividad que solemos reservar a “lo humano”: la creación de sabores, platos y experiencias.

Durante mucho tiempo, la innovación culinaria se pensó desde una figura bastante reconocible: el chef como autor, la receta original, el “sello” de un restaurante. Esa imagen todavía existe, pero empieza a moverse. Hoy, el plato que llega a la mesa puede ser resultado de una interacción entre personas y modelos computacionales capaces de generar variaciones, proponer combinaciones improbables y predecir preferencias a partir de bases de datos.

La creatividad humana se desplaza hacia formas de cocreación mediadas por lógicas de optimización, estandarización y escalabilidad, históricamente asociadas a procesos industriales y ahora aplicadas a una actividad marcada por la experiencia sensorial, la cultura y el juicio situado.

De la receta al sistema

Usar tecnología no equivale a cocrear con ella: un buscador de recetas, o un recetario digital, ahorran tiempo, pero no “crean” en sentido estricto.

Otra cosa ocurre cuando un sistema propone ideas, alternativas y recomendaciones durante la elaboración de un plato, y como resultado la tecnología se integra directamente en el proceso de creación.

La investigación sobre cocreatividad humano-IA define estos procesos como colaboraciones en las que al menos un humano y al menos un sistema de IA contribuyen intencionalmente a generar resultados novedosos y valiosos, lo que puesto en términos sencillos significa que la inteligencia artificial pasa a operar como una contraparte con iniciativa propia.

En gastronomía, esta intervención es especialmente compleja porque preparar un plato es unir ingredientes, aplicar técnicas, tiempos, texturas y expectativas tanto de quien cocina como de quien come, además de marcos culturales que afectan el sentido del acto de comer. Primer problema: lo que la IA puede optimizar estadísticamente no siempre coincide con lo que un comensal valora como experiencia ni con pautas culturales de preparación de alimentos.

La evidencia de otras áreas muestra que “la colaboración efectiva depende de una asignación cuidadosa de roles, y un alto nivel de control por parte del usuario suele conducir a una mayor satisfacción, confianza y una sensación de autoría sobre los resultados creativos” (Singh et al., 2025:28). En cocina, donde la autoría y el criterio sensorial forman parte de la identidad profesional, eso es especialmente relevante.

De allí surge una pregunta que excede al chef: ¿debería saber quien va a consumir un plato que fue cocreado con IA antes de decidir si quiere comerlo? Más todavía: ¿forma esa información parte de la identidad del plato?

Optimización y exploración

La IA introduce dos estéticas productivas en la cocina: optimización y exploración.

  • La primera busca repetibilidad, reducción del error y mejor combinación promedio a partir de los ingredientes disponibles aplicando una lógica claramente industrial: estandarizar resultados, garantizar estabilidad y permitir la reproducción a gran escala. Cuando la estabilidad del sabor es un activo comercial, esta orientación se vuelve central.
  • La segunda es estética y opera de otro modo, porque la creatividad culinaria también se alimenta de lo improbable, de los cruces culturales y de la innovación arriesgada, terreno en que la IA puede recombinar ingredientes y patrones de formas contraintuitivas, pero también cerrar caminos cuando sus datos premian aquello que ya fue probado con éxito.

En cocina, el espacio combinatorio es enorme y genera una tensión permanente entre conservar un sabor testeado y proponer un sabor novedoso, un nuevo maridaje (food pairing) y generar agrado (pleasantness).

En Life, on the Line, Grant Achatz relata su formación culinaria como una experiencia atravesada por disciplina, repetición, aprendizaje colectivo y exigencias materiales: su enfermedad y la pérdida temporal del gusto rompen cualquier idea romántica de la cocina como expresión del talento. Cocinar, en Achatz, es trabajo, sistema y forma de resistencial.

El sabor como dato

La IA se volvió influyente en el diseño de maridajes y perfiles de sabor a partir de compuestos. La idea de una “red de sabor” (flavor network) supone que ingredientes y compuestos aromáticos pueden conectarse entre sí. Dos ingredientes, por ejemplo, quedan vinculados si comparten al menos un compuesto y la fuerza de su vínculo depende de cuántos compuestos comparten.

Ahn et al. (2011) analizan decenas de miles de recetas y muestran diferencias culturales profundas: “las cocinas norteamericana y de Europa occidental exhiben una tendencia estadísticamente significativa hacia recetas cuyos ingredientes comparten compuestos de sabor. En contraste, las cocinas de Asia oriental y del sur de Europa evitan recetas cuyos ingredientes comparten compuestos de sabor” (Ahn et al., 2011:3).

Esa aproximación va creando un lenguaje cuantificable para hablar de afinidades culinarias al mismo tiempo que muestra que no existe una fórmula universal de buen maridaje: diferentes culturas organizan la afinidad química entre ingredientes de maneras distintas.

NotCo y la industrialización del gusto

NotCo permite observar esta transformación en el mercado alimentario. La empresa utiliza IA para diseñar alternativas vegetales a productos de origen animal. Su sistema, llamado “Giuseppe”, trabaja con módulos que identifican tendencias de mercado y mapean compuestos aromáticos para hallar equivalencias o complementariedades entre ingredientes.

La empresa creó un algoritmo que puede aprender combinaciones infinitas de plantas para replicar el sabor de productos animales. El sabor se torna objeto de cálculo del sistema computacional, orientado a su diseño y reproducción mediante nuevas combinaciones, lo que hace que la IA coparticipe activamente en la decisión de qué se produce y cómo, industrializando la creatividad culinaria mediante la desagregación de ingredientes en datos químicos ligados a preferencias en patrones de consumo.

El FlavorGraph propuesto por Park et al. (2021) profundiza esta lógica al integrar ingredientes, compuestos químicos y relaciones de coocurrencia en recetas para construir representaciones vectoriales de maridajes, parejas complementarias y combinaciones novedosas.

Conclusión: creatividad, datos y producción culinaria

La comida exige degustación, ajuste fino, contexto cultural y percepción subjetiva. Lee (2023) advierte que una IA puede derrotar a campeones mundiales de ajedrez porque ese juego permite evaluación rápida y completa. En cambio, “la comida no puede realmente cocinarse, degustarse y evaluarse por una computadora del mismo modo en que pueden hacerlo las partidas de ajedrez”.

La creatividad culinaria nunca fue plenamente individual ni espontánea. La novedad de la IA consiste en formalizar algorítmicamente esa dimensión sistemática, desacoplarla del contexto social y reorganizarla bajo criterios estandarizados y escalables.

¿Existe entonces una “cocina digital” del mismo modo en que existe una “cocina francesa” o “mediterránea”? Todavía no.

Una escuela culinaria requiere reglas, genealogía y reconocimiento, pero sí puede pensarse una cocina digital como modo de producción y exploración cuyo sello distintivo es industrializar la innovación culinaria mediante datos, predicciones y optimización.

Ese modo de producción abre posibilidades concretas en materias tan distintas como combinaciones y reducción de desperdicios, pero deja una pregunta difícil: ¿qué ocurre cuando los datos que orientan esa creatividad no representan adecuadamente las culturas alimentarias, las tradiciones, las memorias culinarias y los saberes situados que dan sentido a lo que comemos más allá del plato en sí?

Esa pregunta será el punto de partida de un próximo post.

Referencias

Achatz, G. y Kokonas, N. (2011). Life, on the line: A chef’s story of chasing greatness, facing death, and redefining the way we eat. Gotham Books.

Ahn, Y.-Y.; Ahnert, S.E.; Bagrow, J.P. y Barabási, A-L. (2011). Flavor network and the principles of food pairing. Scientific Reports, 1, 196. https://www.nature.com/articles/srep00196

Lee, K. (2023, 5 de mayo). Battling food AI bias and misinformation. The Future Market. https://thefuturemarket.substack.com/p/battling-food-ai-bias-and-misinformation

Park, D.; Kim, K.; Kim, S.; Spranger, M. y Kang, J. (2021). FlavorGraph: a large-scale food-chemical graph for generating food representations and recommending food pairings. Scientific Reports (11:931). https://www.nature.com/articles/s41598-020-79422-8

Singh, S.; Hindriks, K.; Heylen, D. y Baraka, K. (2025). A Systematic Review of Human-AI Co-Creativity. ACM / ArXiv. https://arxiv.org/pdf/2506.21333