Tecnologías digitales y calidad del diálogo internacional: más comunicación menos comprensión

Por Javier Surasky

Versión en inglés (EN)

Mesa de negociación dividida por tecnologías digitales que dificultan el diálogo internacional y la cooperación.


La gobernanza digital internacional suele explicarse a partir de factores como el poder, la economía, los actores y las instituciones, pero hay otro elemento que también ayuda a entender cómo evoluciona: la calidad del diálogo entre sus actores. 

Cuando hablamos de diálogo, nos referimos a interacciones que reúnen tres condiciones básicas: escucha real, reconocimiento del otro como interlocutor legítimo y construcción de lenguaje común. de lo que resulta que hablar no es lo mismo que dialogar, e interactuar no equivale a generar entendimiento: no basta con la comunicación o la negociación, sino que es necesario crear diálogo de calidad. 

Si observamos los últimos cincuenta años desde esta perspectiva, aparece un patrón claro: el sistema internacional se comunica cada vez más, pero dialoga cada vez menos. Una parte importante de esta paradoja se relaciona con la expansión de las tecnologías digitales y, más recientemente, con el surgimiento de la inteligencia artificial.

Cuando el diálogo ayudó a estabilizar el sistema internacional

En los años finales de la Guerra Fría y durante la primera parte de la década de 1990, el diálogo, limitado al que mantenían entre sí las superpotencias de entonces, funcionó como un motor de distensión internacional, y fue por su intermedio que Estados Unidos y la Unión Soviética redefinieron percepciones recíprocas del otro, ampliaron los márgenes de coexistencia y crearon espacio para la expansión del multilateralismo.

El conflicto existía y era intenso, pero se gestionaba a través de un diálogo político e institucional. El temor estratégico llevaba a entendimientos y estos a una distensión.

Esa dinámica de diálogo fue uno de los motivos por los cuales, tras la caída del Muro de Berlín, fue posible un proceso de transición sistémico menos violento de lo que muchos habían anticipado.

Durante los años noventa también se consolidó una idea poderosa: los grandes problemas globales podían abordarse mediante cooperación internacional. Las grandes conferencias de las Naciones Unidas de esa década reflejaban ese espíritu.

En aquel momento, la infraestructura tecnológica que hoy da forma a gran parte de la comunicación global comenzaba a desarrollarse y extenderse de forma masiva, y pronto el clima de apertura comenzó a erosionarse, golpeado por lógicas marcadas por la preeminencia de la seguridad nacional, el unilateralismo y la creciente asimetría de poder a nivel global.

El cambio de lógica del siglo XXI

El giro securitario posterior a los atentados del 11 de septiembre de 2001 debilitó consensos multilaterales y legitimó acciones unilaterales. A pesar de la centralidad de ese evento, lo correcto es verlo dentro de una cadena de crisis superpuestas: la ambiental; la alimentaria, que tuvo su cénit en el año 2000, en paralelo a la gran “crisis de las punto-com”; la energética, que mostró su pico en 2008 junto con la crisis financiera global originada en los “bonos basura” del mercado bancario estadounidense, y otras posteriores como la humanitaria

Por esos años, la masificación de Internet, el surgimiento de las plataformas digitales, las redes sociales (Facebook nació en 2004 y se convirtió en una red abierta en 2006) y las nuevas infraestructuras de comunicación transformaron profundamente la forma en que los actores internacionales interactúan.

El resultado fue el refuerzo de una paradoja: la capacidad de comunicación global se expandía rápidamente, mientras que las condiciones para el diálogo estratégico se deterioraban progresivamente.

Un sistema internacional hiperconectado

Hoy, el sistema internacional atraviesa una fase marcada por la hiperconectividad: Estados, empresas tecnológicas, organizaciones internacionales y sociedades interactúan mediante una infraestructura digital global que hace apenas tres décadas era inimaginable: nunca existieron tantos canales, ni tanta velocidad, para intercambiar información, coordinar acciones o para la interacción entre actores internacionales.

Sin embargo, una mayor conectividad no ha producido un mayor diálogo entre los actores. Si bien las tecnologías digitales han ampliado las interacciones, también han multiplicado los espacios de fragmentación política, polarización informativa y competencia estratégica. Somos testigos de cómo la IA se ha convertido en un activo central en la disputa por la hegemonía entre Estados Unidos y China.

El diálogo, entonces, es un gran ausente, lo que resulta en dificultades para la cooperación en temas de naturaleza global y en la producción de documentos internacionales como el Acuerdo de París, un excelente ejemplo para ilustrar cómo el diálogo incompleto afecta la posibilidad de establecer una gobernanza internacional sólida, del tipo que necesitamos para la IA.

La inteligencia artificial como nueva capa del sistema internacional

En los últimos años, la IA ha introducido nuevas capacidades tecnológicas que redefinen la forma en que se produce la información, cómo circula y cómo se interpreta, lo que tiene tres grandes implicancias para el diálogo internacional.

Primero, la IA acelera la producción y circulación de información, lo que aumenta el volumen de comunicación, pero no necesariamente mejora la calidad del entendimiento entre actores.

Segundo, la IA se ha convertido en un objeto central de competencia geopolítica, lo que introduce nuevas tensiones en un sistema internacional carente del diálogo necesario para generar cooperación y gestionar conflictos.

Tercero, la gobernanza internacional de la IA exige niveles de cooperación global muy elevados, precisamente en un momento en que las condiciones para el diálogo profundo entre potencias son más frágiles, lo que sigue impidiendo el establecimiento de regímenes comunes para la gestión global de los riesgos y oportunidades derivados de esta tecnología.

La misma tecnología que necesitamos regular internacionalmente se vuelve un obstáculo al generar una multiplicidad abrumadora de comunicación que bloquea el diálogo, contribuyendo al establecimiento de un entorno internacional con mayor velocidad de interacción y menor capacidad de entendimiento político.

Conclusión

El sistema internacional contemporáneo no parece necesitar más canales de comunicación para recrear el entendimiento entre sus actores, promover la cooperación y la paz, sino reconstruir las condiciones políticas para el diálogo en un sistema mundial de intercambios cada vez más mediados por tecnologías digitales.

Esto es particularmente importante para temas como la gobernanza global de la inteligencia artificial, donde la interdependencia tecnológica es tan profunda como las tensiones geopolíticas que genera.

Más comunicación ha llevado a menos diálogo y, como resultado, más interdependencia se ha transformado en menor confianza, más problemas globales y menos marcos comunes para gestionarlos: tenemos más foros, más instituciones y más medios de comunicación que nunca, pero hemos ido perdiendo progresivamente la calidad del diálogo internacional, que debemos reconstruir dentro de un entorno nuevo, digitalizado, donde participan más actores en un ecosistema internacional cada vez más complejo.

Nunca hubo tantos medios para comunicarse y tan pocas condiciones políticas para sostener diálogos de calidad, estratégicos, inclusivos, democráticos y orientados a resultados, y las consecuencias están a la vista: la expansión de la comunicación digital no ha producido más entendimiento, sino un sistema internacional más interactivo, más veloz y, al mismo tiempo, más difícil de gobernar.