¿Quién vigila a quienes vigilan al poder?

Por Javier Surasky

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Funcionario sin rostro mueve una cámara de vigilancia como pieza de ajedrez sobre ciudadanos, con edificios de la ONU y sistemas digitales de monitoreo.

Un nuevo informe de la Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos (ACNUDH) sobre La protección de las personas defensoras de los derechos humanos en la era digital muestra cómo la vigilancia, las plataformas digitales y la inteligencia artificial están ampliando las capacidades de control con mayor rapidez que las salvaguardias destinadas a limitarlas.

Su contenido puede resumirse en una frase: la expansión del poder de Estados y empresas sobre los espacios digitales no ha sido acompañada por garantías, mecanismos de rendición de cuentas y sistemas de supervisión equivalentes. La protección digital avanza, pero el poder digital lo hace más rápido,

Por ello, leer el nuevo informe del ACNUDH como un diagnóstico más sobre vigilancia, censura, programas espía y riesgos asociados a la inteligencia artificial resulta superficial: el documento, presentado al 63º período de sesiones del Consejo de Derechos Humanos, contiene una advertencia más profunda que podemos traducir como “mientras aumentan las capacidades de Estados y empresas para observar, identificar, clasificar e intervenir sobre las personas, las instituciones destinadas a controlar ese poder se van quedando sin herramientas para cumplir sus funciones”.

El problema que describe el informe es, en consecuencia, un problema de poder más que un asunto técnico.

Reconozco, como lo hace el informe, que la digitalización ha ampliado las posibilidades de quienes defienden los derechos humanos mediante tecnologías digitales que les permiten ganar visibilidad, realizar tareas de promoción, establecer redes y, en determinadas circunstancias, aumentar su propia gestión de la protección.

Ese progreso es real, como lo son ciertos avances jurídicos e institucionales que el propio informe destaca: establecimiento de marcos integrales de protección de datos, autoridades independientes de supervisión y decisiones judiciales orientadas a proteger la privacidad, entre otros

Y aquí una primera demostración del informe: regulación y derechos humanos no son necesariamente objetivos contrapuestos, sino que políticas públicas capaces de responder a preocupaciones legítimas de seguridad sin erosionar las libertades que pretenden proteger son ya parte de nuestros sistemas de organización social.

También las empresas han tomado algunas medidas, como la creación de mecanismos para atender riesgos que afectan a defensores de derechos humanos, y algunas compañías publican informes sobre su relación con las autoridades.

En el campo internacional, la Unión Europea y Estados Unidos formularon recomendaciones conjuntas para las plataformas en 2024 y, un año más tarde, la UNESCO y el ACNUDH publicaron orientaciones destinadas a reforzar la protección de las voces críticas en el marco de tecnologías digitales. A nivel regional la Corte Interamericana de Derechos Humanos reconoció el derecho a defender los derechos humanos como un derecho autónomo, ejercitable tanto en línea como fuera del espacio digital.

En otro espacio, también rescatado pro el informe, se señalan nuevas formas de defensa de los derechos humanos entre programadores, ingenieros y personas con altos cargos de gestión dentro de las propias compañías digitales de punta.

Digitalizar también significa concentrar poder

Durante años, el debate sobre derechos humanos y tecnología se organizó en torno a la sobre cómo impedir que las nuevas tecnologías vulneren derechos existentes. Hoy debemos agregarle una segunda parte sobre qué redistribución de capacidades políticas capaces de afectar los derechos humanos produce la digitalización.

Un Estado con acceso a bases de datos interoperables, reconocimiento biométrico, herramientas de interceptación, análisis automatizado y sistemas de inteligencia artificial posee capacidades de observación y clasificación de la población que hace apenas dos décadas hubiesen sido difíciles de desplegar de forma masiva.

Hoy, la inteligencia artificial cambia esa ecuación, y entre las razones para ese cambio el informe señala la drástica reducción del costo del análisis y la inferencia sobre datos, las facilitades que existen para desanonimizarlos y el crecimiento de la sofisticación de las tecnologías de vigilancia e interceptación.

En Global Radar Analaytics hemos revisado diversos asuntos relacionados con la IA, y cada uno de ellos nos presenta sus propias paradojas. Este caso no es la excepción ya que cuanto más digitalizado está el espacio cívico, mayor puede ser la capacidad de participar en él, pero también la de su vigilancia y persecución de sus participantes.

Y hay un segundo asunto vinculado: más regulación digital no significa necesariamente más protección de los derechos, ya que los Estados, en términos generales, se vienen mostrando más preocupados por combatir la ciberdelincuencia, proteger a los niños, enfrentar el terrorismo, perseguir delitos o limitar determinadas formas de violencia en línea, produciendo normativa imprecisa, poderes ejecutivos amplios y sistemas de vigilancia sin control suficiente.

El propio ACNUDH sostiene que las respuestas regulatorias estatales han terminado reduciendo la protección de los defensores mediante, por ejemplo, una criminalización excesivamente amplia de conductas en Internet, las interferencias sobre comunicaciones y las restricciones al acceso a ciertas herramientas digitales.

En ese sentido, el informe nos obliga a repensar la noción de que la gobernanza digital consiste en encontrar la cantidad adecuada de regulación, porque nos die que es mucho más relevante cuestionar quién recibe nuevas competencias, con qué límites, bajo qué supervisión y con qué posibilidades reales de recurso por potenciales personas afectadas.

La tensión que, a primera vista, está representada por la priorización de la seguridad o el pleno ejercicio de derechos debe convertirse en una pregunta menos lineal que se cuestiones sobre qué arquitectura institucional permite perseguir objetivos legítimos sin convertir la excepción en capacidad permanente de control.

Las empresas

El informe es crítico tanto con los Estados como con el sector empresarial, frente al cual realiza un diagnóstico especialmente severo cuando reconoce que algunas empresas han desarrollado canales especiales para defensores, publicado informes de transparencia, identificado amenazas de programas espía, reforzado medidas de seguridad e incluso iniciado acciones judiciales contra desarrolladores de spyware al tiempo que reducían sus equipos dedicados a “confianza y seguridad” y su personal, modificaban sistemas de moderación, eliminaban mecanismos de verificación y postergaban la transparencia.

Frente a ello la conclusión del ACNUDH es clara: la diligencia debida empresarial en derechos humanos sigue siendo la excepción respaldada en incentivos económicos que continúan favoreciendo la extracción de datos y el crecimiento por encima de la seguridad individual.

Pero, aun sabiendo de ello, los defensores de derechos humanos no pueden abandonar las grandes infraestructuras tecnológicas porque necesitan de servicios de nube, buscadores, teléfonos, mensajería y plataformas para realizar su trabajo: como en muchas otras oportunidades en la historia, el perseguido depende del perseguidor para realizar su tarea, una digitalización de la dialéctica del amo y el esclavo de Hegel en la que hablar de “elección del usuario” resulta cada vez menos convincente.

La necesidad de pasar de progresos defensivos a transformaciones estructurales.

Gran parte de esas respuestas a persecuciones a defensores de derechos humanos aparecen, como suele ocurrir en el campo de la IA, después de que una vulnerabilidad ha sido explotada, un abuso descubierto o una tecnología peligrosa ampliamente comercializada, lo que lleva a la recomendación del informe del ACNUDH que considero más importante: la protección de los derechos humanos no puede seguir funcionando únicamente como una corrección posterior de decisiones tecnológicas ya tomadas.

Y es en este punto donde se halla el principal desafío que deja abierto el informe, que contiene recomendaciones ambiciosas, pero frente a las cuales ha identificado el poder que surge de la concentración económica, los incentivos empresariales basados en extracción de datos, las capacidades estatales de vigilancia y la creciente dependencia social de infraestructuras privadas.

Regular los abusos será insuficiente si no se abordan las estructuras que los posibilitaron, porque por cada abuso reparado, por cada defensor de los derechos humanos que haya logrado protección, se estarán generando decenas de nuevos abusos y persecuciones impulsadas por un orden estructural.

Las persecuciones y los abusos no son “errores del sistema”, sino parte de su lógica, algunos de sus “accidentes normales”.

Por ello, el indicador que propone el propio informe sobre la forma en que una sociedad trata digitalmente a quienes cuestionan el poder puede ser útil no solo para observar si su digitalización está contribuyendo a la democratización, como el ACNUDH propone, sino también para conocer si se están produciendo cambios de fondo en el orden social orientados por los derechos humanos.

Una sociedad puede ser extraordinariamente digital y cada vez más cerrada, o tener una amplia legislación sobre IA que no logre modificar las pautas estructurales por las que se expanden sus amenazas reales.

Si ello ocurre, el problema no es que nuestra transformación digital haya fracasado, sino que habrá tenido éxito en distribuir el poder en la dirección equivocada, y esa es, en mi visión, la advertencia más importante que surge del informe.