IA y educación: Abya Yala y el MIT

Por Javier Surasky

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Estudiante en un aula junto a una figura de inteligencia artificial, con un mapa digital global, servidores en la nube y una balanza jurídica.

Dos textos, un problema, varias aristas y muchas coincidencias

En agosto de 2026 se publicaron dos trabajos dedicados a la relación entre inteligencia artificial y educación: el Report of MIT’s Ad Hoc Committee on AI Use in Teaching, Learning, and Research Training, y el Manual urgente sobre IA en el aula. Miradas y análisis de la esfera digital desde Abya Yala, de Mariana Ferrarelli y Natalia Corvalán. Publicado por el Centro de Estudios de la Sociedad Digital de EIDAES-UNSAM.

Los textos fueron escritos para contextos diferentes: el del MIT responde a las necesidades de una universidad intensiva en investigación y concede bastante espacio a su experiencia residencial, el de Ferrarelli y Corvalán tienen como interlocutores principales a docentes de escuela secundaria y sitúan el análisis en Abya Yala, exponiendo las desigualdades de los sistemas educativos de la región y las condiciones materiales en las que se expanden las tecnologías digitales.

Esas diferencias de origen explican buena parte de los énfasis posteriores.

Hay un punto común que ordena buena parte de ambos textos, la idea de que el uso de IA debe justificarse por los fines educativos, lo que hace que la discusión se enfoque realmente en los aprendizajes que una actividad debería producir, y no en como operar mejor un modelo o promptear correctamente.

Volver a los objetivos de la educación

El Comité del MIT revisa prácticas que han servido durante años para enseñar y evaluar, desde problem sets y trabajos escritos hasta exámenes domiciliarios, que ahora pueden realizarse con asistencia de sistemas generativos.

Una reacción posible, nos dicen, es trasladar más evaluaciones al aula, pero el propio informe señala las limitaciones de esa salida: las tareas presenciales sometidas a tiempos breves pueden resultar poco adecuadas para aprendizajes que requieren elaboración prolongada, lo que los lleva a inclinarse por exámenes orales y trabajos desarrollados fuera del aula que luego deben ser discutidos presencialmente (Massachusetts Institute of Technology [MIT], 2026, pp. 11–13).

El informe recurre al backward design para ordenar esas decisiones: primero se determinan los resultados de aprendizaje y después se diseñan las actividades y formas de evaluación, incorporando la política sobre IA en ese recorrido, partiendo de la base de que “la enseñanza intencional promueve el aprendizaje intencional (MIT, 2026, p. 6).

La autorización o restricción de una herramienta debería, en consecuencia, poder explicarse a partir de lo que se espera que el estudiante aprenda.

El Manual urgente llega a una posición cercana desde la noción de entramado sociotécnico, planteando que las aplicaciones de IA forman parte de una estructura en la que intervienen modelos y datos, infraestructura, decisiones humanas, intereses económicos y regulación, lo que obliga a ampliar lo que se considera una decisión pedagógica y que mueve a Ferrarelli y Corvalán a sostener que el uso de IA requiere de “decisiones ancladas en los propósitos formativos del docente y no en las posibilidades técnicas de la herramienta” (2026, p. 10). Nuevamente, la pregunta por el uso aparece después de haber definido el problema educativo que se intenta abordar (Ferrarelli & Corvalán, 2026, p. 10).

Las dos formulaciones provienen de marcos conceptuales distintos: mientras el MIT se apoya en el diseño de experiencias de aprendizaje, el manual urgente examina, al mismo tiempo, las mediaciones tecnológicas que intervienen en ellas. Esos diferentes puntos de partida llevan, sin embargo, a una conclusión similar y práctica: la mera disponibilidad de una función tecnológica carece de valor pedagógico autónomo.

Esa posición incide directamente en las reglas de uso de la IA en educación, donde el MIT descarta una política uniforme para todas las asignaturas ya que, por ejemplo, un curso introductorio puede necesitar proteger determinadas prácticas mientras se adquieren conocimientos básicos, mientras que, en instancias más avanzadas de formación, el manejo de herramientas de IA puede ser parte del aprendizaje esperado. El Comité del MIT propone que docentes y departamentos tomen esas decisiones dentro de un marco institucional común y que expliquen sus razones en función de los objetivos del curso (MIT, 2026, pp. 7, 16–17).

El manual urgente enfrenta un problema parecido, pero en otra escala: las autoras sostienen que “la incorporación de estas tecnologías no puede quedar librada a decisiones individuales ni a la lógica del ensayo y error” (Ferrarelli & Corvalán, 2026, p. 44). Los criterios situados requieren referencias institucionales que orienten las decisiones de cada comunidad educativa.

Qué se delega cuando se automatiza

Ambos textos también se detienen en las tareas que se delegan.

El MIT se refiere al principio augmentation not automation para examinar qué ocurre cuando un sistema realiza una parte del trabajo que antes correspondía al estudiante afectando el proceso de aprendizaje de tal forma que el estudiante puede obtener una solución correcta sin desarrollar las capacidades que debía desarrollar para resolverla. Frente a ello el informe es claro al afirmar que hay un mal uso de la IA, que “debería utilizarse para ampliar y potenciar la curiosidad, la creatividad y el aprendizaje, no para automatizarlos” (MIT, 2026, p. 7).

Más aún, durante las consultas del Comité surgieron indicios de cambios en la sociabilidad académica: variaciones en la asistencia a horarios de consulta y en la participación en discusiones y disminución de grupos presenciales de estudio, aunque estas últimas son presentadas como “anecdóticas” a mí me parecen relevantes, tanto más si consideramos que el documento todavía trabaja con evidencia parcial y sobre fenómenos recientes (MIT, 2026, pp. 3, 9).

El Undergraduate Research Opportunities Program ofrece un caso concreto: algunos docentes consideraban utilizar agentes de IA para tareas que antes podían asignarse a estudiantes incorporados a proyectos de investigación, elección comprensible desde una perspectiva de productividad inmediata, pero inaceptable desde una visión formativa de capacidades de los estudiantes y una clausura a su posibilidad de adquirir  experiencia mediante la participación en el trabajo de investigación y el contacto con investigadores más experimentados (MIT, 2026, pp. 14–15).

Ese choque de prioridades lleva al MIT a hablar de la necesidad de un contrato social educativo, definido como “una comprensión compartida entre estudiantes, docentes y el Instituto sobre los propósitos de la educación” (MIT, 2026, p. 8) en el cual quedan integradas las reglas para el uso de la IA en tanto son parte de relaciones preexistentes entre quienes enseñan, quienes aprenden y la institución responsable de organizar esa experiencia (MIT, 2026, p. 8).

Ferrarelli y Corvalán, en cambio, recuperan el paradigma del cuidado para examinar cuestiones próximas: el manual urgente sitúa esta perspectiva dentro de corrientes pedagógicas y políticas educativas anteriores a la expansión de la IA, y desde allí analizan los discursos que valoran las tecnologías por la automatización que permiten o por el ahorro de tiempo que prometen. También ellas muestran cómo la evaluación educativa incorpora consideraciones relacionadas con las condiciones de aprendizaje y con las responsabilidades de las instituciones respecto de quienes participan en ellas (Ferrarelli & Corvalán, 2026, pp. 33–34).

Este encuadre explica la distinción del manual entre enseñar con IA y enseñar para la IA. Lo primer refiere a situaciones de aprendizaje en las que estas tecnologías cumplen alguna función pedagógica, lo segundo apunta a formar criterios para comprender los sistemas algorítmicos que intervienen en ámbitos educativos y sociales, estableciendo una distinción en la que el conocimiento de una herramienta constituye una parte de la alfabetización, pero que necesariamente debe estar acompañada del entendimiento de las decisiones inscritas en su diseño y los efectos que puede producir su uso (Ferrarelli & Corvalán, 2026, pp. 36–37).

La materialidad modifica el problema

La materialidad ocupa lugares diferentes en ambos trabajos: el informe del MIT incluye la privacidad, la propiedad intelectual, las desigualdades de acceso y la concentración empresarial entre los asuntos que una política institucional debería considerar, y dedica atención al impacto ambiental (MIT, 2026, p. 27).

En el manual urgente, esos elementos forman parte de la definición sociotécnica adoptada desde el inicio y un capítulo completo estudia la infraestructura material dela IA, sus impactos ambientales y el trabajo humano presente en cadenas que suelen aparecer ante el usuario como procesos automatizados, un análisis integrado que se construye a partir de investigaciones previas sobre la materialidad de la IA y el trabajo humano que sostiene su funcionamiento (Ferrarelli & Corvalán, 2026, pp. 26–29).

La perspectiva regional incorpora además la distribución geográfica de las capacidades tecnológicas, para lo que las autoras recuperan el Atlas de inteligencia artificial para el desarrollo humano en América Latina y el Caribe, coordinado por Gustavo Beliz, que señala la concentración de centros de datos y capacidad de cómputo fuera de la región y relaciona esa distribución con los márgenes disponibles para desarrollar políticas tecnológicas propias (Beliz, 2025, como se citó en Ferrarelli & Corvalán, 2026, p. 34).

La incorporación educativa de IA adquiere con ello un contenido específico, dado que las escuelas de la región operan con condiciones muy diferentes entre sí de infraestructura y disponibilidad de recursos, por lo que la adopción de IA se analiza junto con las capacidades institucionales que permiten sostenerla y someterla a criterios educativos (Ferrarelli & Corvalán, 2026, pp. 33–34).

En el MIT, estos elementos forman parte de las responsabilidades que acompañan a una política institucional, en cambio, en el texto de la UNSAM, intervienen en la explicación de cómo se constituyen esas tecnologías.

Esa distinción afecta el campo de decisión: una institución puede definir reglas de uso para docentes y estudiantes, pero las condiciones reales de ese uso dependen de proveedores e infraestructuras sobre los que la institución casi no tiene control.

Del criterio docente a la capacidad institucional

El informe del MIT propone revisar las evaluaciones, reconsiderar algunos sistemas de calificación, aumentar determinadas actividades presenciales y establecer políticas explícitas por asignatura, a lo que se sumarían estructuras encargadas de reunir evidencia y revisar las reglas adoptadas a medida que cambian las tecnologías y se conocen mejor sus efectos (MIT, 2026, pp. 12–18, 28). Esta “revisión continua” ocupa un lugar importante en el informe, y el Comité asume que las decisiones adoptadas en 2026 probablemente deberán modificarse, lo que lo lleva a recomendar procedimientos capaces de producir evidencia y corregir políticas a medida que se conocen mejor sus resultados (MIT, 2026, p. 28).

Ferrarelli y Corvalán encuentran una lógica semejante en algunos procesos regulatorios argentinos, como, por ejemplo, la creación del Observatorio de Inteligencia Artificial del Consejo Federal de Educación, donde hablan de “regulación progresiva” como un proceso de producción de evidencia y de elaboración de criterios que acompaña a un campo todavía inestable (2026, p. 44).

Los dos trabajos asumen que las instituciones educativas ya están tomando decisiones sobre IA, incluso cuando carecen de políticas explícitas de guía: el informe del MIT responde mediante un programa de experimentación y revisión y el de Ferrarelli y Corvalán insiste en conservar abierta la discusión sobre las condiciones de incorporación de la tecnología, lo que las lleva a escribir una de mis frases favoritas de su trabajo: “en un escenario donde las tecnologías suelen presentarse como inevitables, recuperar la pregunta se vuelve un gesto contracultural” (2026, p. 47).

Conclusión

El MIT observa una universidad que necesita reorganizar prácticas educativas frente a sistemas generativos ya integrados en la vida académica. El manual urgente sitúa esas decisiones dentro de una estructura tecnológica cuya infraestructura, recursos y capacidades están distribuidos de manera desigual.

Considerados conjuntamente, los dos trabajos dejan planteada una pregunta que excede la autorización o prohibición de herramientas, y que me parece mucho más interesante que cualquiera de los dos extremos: ¿Cuál es el margen real que conservan las instituciones educativas para definir las condiciones bajo las cuales aceptan que esas tecnologías intervengan en la enseñanza?

Con más coincidencias que diferencias, a pesar de las diferentes realidades y posiciones de partidas, ambos informes nos invitan a complejizar las miradas simples, a pensar las dobles funciones de la IA en la educación, a movernos más allá de la “tecnología en el aula” para poner a ambas dentro de sociedades situadas, desiguales y complejas de las que a veces parece esperarse que actúen como islas inmunes a la conflictividad social, y eso, digo yo, tal vez sería la mayor tragedia que podría llegar a ocurrirnos.

 

Referencias

Ferrarelli, M., & Corvalán, N. (2026). Manual urgente sobre IA en el aula: Miradas y análisis de la esfera digital desde Abya Yala. Colección Miradas del CESDi.

Massachusetts Institute of Technology. (2026, 13 de agosto). Report of MIT’s Ad Hoc Committee on AI Use in Teaching, Learning, and Research Training.