La IA toca tierra biodiversa

Por Javier Surasky

English version

Centro de datos de IA integrado en un paisaje biodiverso, con raíces, cursos de agua subterránea, minerales, vegetación, aves y un jaguar, para representar la dependencia de la inteligencia artificial de recursos naturales y ecosistemas.

La inteligencia artificial vive en modelos, datos, capacidad de cómputo y talento humano, y produce impactos profundos en las sociedades y sus dinámicas. Toda esa cadena se sostiene sobre un punto de apoyo común: recursos naturales que sostienen la fabricación de chips, la construcción y operación de centros de datos, las redes eléctricas y demás infraestructuras necesarias para desarrollar y utilizar sistemas de inteligencia artificial.

Antes de existir como tecnología, también la IA ha sido Pachamama, y esto, que parece bastante obvio, tiene una consecuencia directa menos analizada: las decisiones y políticas públicas sobre el uso de bienes naturales finitos son también decisiones sobre el momento cero de la IA.

Kate Crawford (2021, p. 8) lo expresa con una fórmula deliberadamente provocadora cuando dice que, dentro de la expresión inteligencia artificial, la palabra “artificial” oculta la dependencia tecnológica digital respecto de materias primas, energía, trabajo humano, infraestructura y logística.

Desde que Crawford escribió esas palabras, la dimensión material de la IA se hizo más extrema: en 2025, el consumo mundial de electricidad de los centros de datos creció un 17%, mientras que el correspondiente a centros orientados específicamente a la IA aumentó un 50% y, en dieciocho meses, la capacidad de los centros de datos de frontera específicamente diseñados para IA se multiplicó por tres (International Energy Agency [IEA], 2026a).

La velocidad importa porque cada nueva infraestructura requiere electricidad, agua, territorio, redes, equipamiento y minerales, al tiempo que crea compromisos y dependencias cuya modificación posterior puede resultar costosa.

Por eso entiendo que los debates sobre IA deben ampliarse para dar el lugar que realmente ocupan a los territorios que sostienen su infraestructura, los recursos comprometidos en su desarrollo y la forma en que los costos ambientales se distribuyen entre sociedades y generaciones.

La pregunta de fondo es sencilla de formular y bastante más difícil de responder: qué uso de nuestros recursos y ecosistemas estamos dispuestos a aceptar para construir la inteligencia artificial que queremos.

Voy a abordar esta cuestión desde el derecho internacional ambiental, concentrándome en tres de sus principios: la soberanía permanente sobre los recursos naturales, el desarrollo sostenible asociado a la equidad intergeneracional y la precaución.

Soberanía no es disponibilidad ilimitada

El principio de soberanía permanente sobre los recursos naturales nació asociado a los procesos de descolonización, autodeterminación y disputa por el control económico de los recursos de los países que obtenían su independencia. Fue una respuesta jurídico-política a una historia en la que los recursos de las colonias habían sido tratados como reservas materiales al servicio de proyectos decididos por las potencias coloniales.

El principio reconoce a los Estados el derecho soberano a aprovechar sus propios recursos de acuerdo con sus políticas ambientales y de desarrollo, y a los pueblos la titularidad de esos recursos, capacidades que nunca se ejercen en el vacío ni pueden interpretarse como un cheque en blanco para decidir sobre bienes naturales sin considerar sus consecuencias sociales, ambientales e intergeneracionales.

Anghie permite leer esta cuestión desde una perspectiva histórica crítica: para los Estados poscoloniales, la soberanía formal no garantizó una capacidad real de decisión económica, y las disputas sobre soberanía y recursos fueron también disputas por las condiciones materiales necesarias para sostener las independencias conquistadas y por los márgenes de decisión disponibles frente a estructuras económicas internacionales construidas, en gran medida, bajo condiciones de desigualdad (Anghie, 2004).

La economía digital reactualiza esa discusión. La IA promete eficiencia, innovación, inversión y competitividad, pero su despliegue depende de recursos localizados: energía, agua, suelo, minerales e infraestructura. Preguntar quién decide cómo se utilizan esos bienes y quién obtiene los beneficios es central para entender el funcionamiento político de la IA.

El agua ofrece un buen ejemplo. Un informe de la IEA (2026b) publicado en octubre de este año estima que cerca del 40% de la capacidad identificada de centros de datos dedicados a IA se encuentra en áreas con un nivel alto o extremadamente alto de estrés hídrico de base.

Al mismo tiempo, una investigación publicada en 2025 por el Lawrence Berkeley National Laboratory encontró variaciones de más de diez mil veces en el consumo de agua asociado a diferentes cargas de trabajo de centros de datos, según factores tecnológicos y ambientales (Lei et al., 2025). Carece entonces de mucho sentido hablar de una cifra universal capaz de expresar cuánta agua “consume la IA”: dónde instalamos la infraestructura y qué tipo de infraestructura instalamos resultan cuestiones críticas.

Los minerales plantean un problema similar. Los sistemas digitales avanzados dependen de minerales críticos utilizados en semiconductores, servidores y equipamiento especializado. La IEA (2026c) muestra que el avance de tecnologías digitales y conexas está aumentando la importancia estratégica de minerales como el galio y el germanio, cuya producción y refinación presentan alta concentración geográfica.

La expansión de esa demanda tiene consecuencias diferenciales. El Panel Internacional de Recursos advierte que ampliar la extracción sin modificar las prácticas actuales puede agravar impactos sociales y ecológicos en los territorios productores (United Nations Environment Programme & International Resource Panel [UNEP & IRP], 2025).

Propongo leer estos procesos como parte de una geografía invisibilizada de la IA, no simplemente invisible en tanto exige esfuerzos de invisibilización, que cubre con un manto la forma en que los beneficios se concentran donde se desarrollan y consumen los sistemas, mientras parte de sus costos ambientales se desplazan hacia los territorios donde se extraen materiales, se produce energía o se instala la infraestructura requerida para sostenerlos.

Desde esta perspectiva, la soberanía sobre los recursos naturales pasa a ser una condición de la transformación digital. Si dejamos las decisiones sobre tierra, agua, energía, minerales y ecosistemas fuera de la discusión tecnológica, excluimos una parte sustantiva de la capacidad democrática para decidir sobre el futuro.

Innovación no equivale a desarrollo

El segundo principio es el desarrollo sostenible, cuya definición clásica fue formulada por la Comisión Brundtland como el desarrollo que satisface las necesidades presentes sin comprometer la capacidad de las generaciones futuras para satisfacer las suyas (World Commission on Environment and Development [WCED], 1987).

Esa definición obliga a introducir una distinción: innovación y desarrollo pueden coincidir, pero no son equivalentes. Una tecnología puede ser sofisticada, rentable y globalmente competitiva y, al mismo tiempo, comprometer bienes naturales finitos, reproducir desigualdades, reducir las opciones disponibles para quienes vendrán después y afectar con mayor intensidad a los grupos vulnerables de hoy.

Keith Skene se aproxima a esta cuestión desde una pregunta que inquieta: si la inteligencia humana ha sido parte de la crisis ambiental, ¿por qué una IA construida dentro de los mismos sistemas económicos y sociales debería conducir automáticamente a una transición sostenible? Su respuesta es prudente: la IA podría contribuir a esa transición, pero “no en su forma actual” (“not as it stands at present”) (Skene, 2020, p. vii).

La IA puede aportar herramientas para monitoreo ambiental, modelización climática, gestión de riesgos, eficiencia energética, agricultura de precisión u observación de ecosistemas. Son usos importantes que, por sí solos, dicen poco sobre la sostenibilidad del sistema material necesario para producir y expandir esas tecnologías.

La biodiversidad me permite llevar esta cuestión un poco más lejos.

En octubre de 2026, la COP17 del Convenio sobre la Diversidad Biológica, reunida en Ereván, realizó el primer examen global de los avances en la implementación del Marco Mundial de Biodiversidad de Kunming-Montreal. El State of Biodiversity Action concluyó que el mundo no está en camino de alcanzar las metas sobre biodiversidad para 2030 adoptadas hace apenas cuatro años (Secretariat of the Convention on Biological Diversity [CBD], 2026a).

La respuesta política de la COP17 fue el Yerevan Pathway, que identifica prioridades para acelerar la acción hasta 2030, entre ellas la reducción de subsidios e incentivos perjudiciales para la naturaleza y la integración de la biodiversidad en los presupuestos y decisiones económicas nacionales (CBD, 2026b).

Leída desde el problema que estoy planteando, esa agenda obliga a mirar hacia la IA: si las decisiones económicas deben incorporar la biodiversidad, resulta difícil justificar que queden fuera de ese cálculo las políticas destinadas a atraer centros de datos, expandir infraestructura energética, asegurar minerales o desarrollar ecosistemas nacionales de IA.

Una política tecnológica que contabiliza inversión, capacidad de cómputo y empleo, pero externaliza los costos ambientales, ofrece una imagen incompleta de sus resultados. Aquí aparece un cruce que me parece especialmente importante: la gobernanza digital pregunta quién controla modelos, datos, infraestructura y capacidad de cómputo, mientras la gobernanza ambiental pregunta cómo preservar ecosistemas, utilizar sosteniblemente los recursos y distribuir responsabilidades y beneficios. Ambas deben actuar de forma coherente y coordinada.

Al mismo tiempo, la COP17 identificó entre los obstáculos para aplicar el Marco Mundial de Biodiversidad las limitaciones de acceso a tecnología, datos y conocimiento. La tecnología puede así ayudar a proteger la naturaleza y, simultáneamente, incrementar las presiones sobre ella. Esa ambivalencia vuelve insuficiente clasificar a la IA como ambientalmente positiva o negativa. La pregunta es bajo qué condiciones se desarrolla, dónde se localizan sus costos y quién conserva capacidad de decisión sobre ellos.

Skene sostiene que el pensamiento sostenible dejó de ser un complemento ético para convertirse en una necesidad estructural. La IA debe evaluarse también por su compatibilidad con una transición ecológica justa y respetuosa de la biodiversidad.

La equidad intergeneracional refuerza ese punto: la tierra, el agua, la energía, los minerales y los ecosistemas son condiciones materiales de libertad futura, y una generación que los compromete irreversiblemente reduce el margen de decisión política de las siguientes.

Precaución: decidir antes de que el daño sea irreversible

El tercer principio es el precautorio, cuyo principal valor reside en ofrecer una regla de prudencia frente a riesgos graves o inciertos: cuando existe incertidumbre científica y posibilidades de daños graves o irreversibles, la falta de certeza absoluta no puede convertirse automáticamente en una justificación para posponer medidas destinadas a prevenirlos. La incertidumbre no debe servir de permiso para avanzar sin evaluación, información pública, deliberación y controles.

Barboza ofrece una base útil para pensar este problema desde el derecho internacional ambiental: la prevención frente a actividades riesgosas incluye evaluación del riesgo, información, notificación, consultas y balance de intereses (Barboza, 2011).

Esto es importante frente a tecnologías presentadas como inevitables, porque la inevitabilidad tecnológica suele despolitizar decisiones que dependen de permisos, inversiones, redes eléctricas, infraestructura pública y usos del territorio, y en contextos donde existen riesgos de daños graves o irreversibles, decidir tarde también es decidir.

A partir de este diagnóstico, entiendo que el razonamiento precautorio debe considerar también la velocidad con la que pueden consolidarse decisiones difíciles de revertir, porque una infraestructura instalada, con compromisos contractuales ya asumidos sobre energía y acceso a otros recursos naturales, reduce las alternativas disponibles para la acción posterior.

La revisión de 2025 de la Recomendación sobre tecnologías digitales y medio ambiente de la OCDE adopta una perspectiva que exige considerar la huella ambiental de esas tecnologías a lo largo de toda su existencia material, mejorar la medición y la transparencia de sus impactos y aumentar la coordinación entre políticas digitales, ambientales y energéticas (Organisation for Economic Co-operation and Development [OECD], 2025).

La precaución también modifica la distribución de la carga argumental: quienes promueven transformaciones territoriales de alto impacto deben justificar su necesidad, mostrar sus costos, transparentar sus riesgos y evaluar alternativas.

La nube también necesita suelo

Durante mucho tiempo, la metáfora de “la nube” ayudó a imaginar la infraestructura digital como algo casi inmaterial, pero hoy sabemos que esa supuesta inmaterialidad tiene expresiones muy terrenales en megacentros de datos con alto consumo energético e hídrico, cables submarinos y producción de chips que refuerzan el consumo de minerales finitos extraídos de algún territorio.

Las cadenas digitales son capaces de dibujar su propia geografía y pueden ser “cartografiadas” sobre territorios que dan sustento a la vida y sus condiciones de reproducción. La soberanía sobre los recursos naturales debe ejercerse también como una responsabilidad intergeneracional. En última instancia, no hay soberanía tecnológica sin soberanía ecológica, ni justicia digital sin justicia climática.

La promesa de democratizar la IA incluye decisiones sobre algoritmos, territorios, recursos naturales e instalación de infraestructuras. Mi lectura de la evidencia reunida es que la gobernanza de la inteligencia artificial debe extenderse sobre esa realidad, interactuando con los espacios internacionales existentes de protección ambiental y asumiendo sus propias responsabilidades.

La rapidez actual de la expansión de la IA muestra que su crecimiento está avanzando a un ritmo que las redes eléctricas, las cadenas de suministro y los procesos de planificación tienen dificultades para acompañar (IEA, 2026a), lo que implica un patrón de uso insostenible incluso en el corto plazo.

Referencias

Anghie, A. (2004). Imperialism, sovereignty and the making of international law. Cambridge University Press.

Barboza, J. (2011). The environment, risk and liability in international law. Martinus Nijhoff Publishers.

Crawford, K. (2021). Atlas of AI: Power, politics, and the planetary costs of artificial intelligence. Yale University Press.

International Energy Agency. (2026a). Key questions on energy and AI. IEA.

International Energy Agency. (2026b). Powering artificial intelligence: Strategies for integrating data centres into electricity systems. IEA.

International Energy Agency. (2026c). Global critical minerals outlook 2026. IEA.

Lei, N., Lu, J., Shehabi, A., & Masanet, E. R. (2025). The water use of data center workloads: A review and assessment of key determinants. Resources, Conservation and Recycling, 219, 108310.

Organisation for Economic Co-operation and Development. (2025). Revised recommendation of the Council on digital technologies and the environment (C/MIN(2025)10/FINAL). OECD.

Secretariat of the Convention on Biological Diversity. (2026a). State of biodiversity action: The global report on collective progress. Convention on Biological Diversity.

Secretariat of the Convention on Biological Diversity. (2026b). UN Biodiversity Conference charts Yerevan Pathway to accelerate global action for nature. Convention on Biological Diversity.

Skene, K. R. (2020). Artificial intelligence and the environmental crisis: Can technology really save the world? CRC Press.

United Nations Environment Programme & International Resource Panel. (2025). Financing the responsible supply of energy transition minerals for sustainable development. UNEP.

World Commission on Environment and Development. (1987). Our common future. Oxford University Press.