Por Javier Surasky
Ya sabemos bien que la inteligencia artificial no es una tecnología inmaterial. Su funcionamiento depende de una infraestructura física compuesta por chips, servidores, centros de datos, suministro de energía y redes de conectividad. Entre esos componentes, los cables submarinos ocupan un lugar central: son las rutas por las que circula buena parte del tráfico global de datos y, por eso, se han vuelto piezas decisivas para pensar la geopolítica digital y la competencia por el poder tecnológico.
La infraestructura material de la inteligencia artificial
Todo lo que hace la IA se asienta sobre una base física que
suele quedar fuera del debate público. Se habla mucho de modelos, algoritmos, capacidad de cómputo y centros de datos, pero bastante menos de las rutas
materiales que permiten que los datos se desplacen entre continentes, mercados,
gobiernos y usuarios.
El alimento de la nube es una red material de fibra óptica
desplegada bajo el mar.
Esos cables son el canal por el que se mueven datos de forma
rápida, segura y resiliente. Según la Unión Internacional de Telecomunicaciones
(UIT), los cables submarinos transportan aproximadamente el 99% del tráfico
global de internet y sostienen servicios críticos como transacciones
financieras, comunicaciones gubernamentales y cloud computing.
Cables submarinos: la red física de la nube
A medida que la IA se expande y comienza a integrarse en
servicios básicos como salud, educación, transporte o defensa, la conectividad
internacional pasa a ocupar un lugar determinante en la distribución del poder
digital. Los cables submarinos son, al mismo tiempo, infraestructura técnica e
infraestructura geopolítica.
Si la soberanía digital está relacionada con el control de
datos, la regulación de riesgos tecnológicos y la localización geográfica de
servidores, también debe incorporar una pregunta adicional: ¿por dónde circulan
esos datos? Las regiones que atraviesan, los puntos de concentración de tráfico
y las consecuencias de una posible interrupción de las rutas digitales son
elementos centrales para evaluar la autonomía tecnológica de un Estado.
Los cables submarinos atraviesan geografías expuestas a
tensiones geopolíticas, conflictos regionales, accidentes marítimos, desastres
naturales y disputas por infraestructura crítica. Aunque un corte de cable no
implique necesariamente una acción de sabotaje, sus efectos pueden ser
estratégicos: aumento de latencia, degradación de servicios, interrupción de
operaciones y presión sobre rutas alternativas que deben asumir el tráfico
desplazado.
Esto es más común de lo que suele pensarse. La UIT
estableció el International Cable Protection Committee, un organismo
internacional dedicado a fortalecer la resiliencia de esos cables, y ha
informado que cada año se producen entre 150 y 200 fallas de cables submarinos.
La mayoría se debe a actividades humanas, como pesca y enganches con anclas de
barcos, a lo que se suman riesgos naturales, abrasión y fallas de equipos. Esto
exige alrededor de tres reparaciones cada semana.
La IA y la presión sobre la conectividad global
La demanda de transmisión de datos crece a tasas muy
elevadas desde hace años.
- Cisco afirmaba ya en 2018 que el tráfico IP global pasaría de 122 exabytes mensuales en 2017 a una estimación de 396 exabytes mensuales en 2022. Acertó.
- TeleGeography (2026) señala que la demanda de ancho de
banda casi se duplicó entre 2020 y 2022, y que en 2024 todavía crecía a una
tasa interanual del 29%. Además, estima que el ancho de banda internacional
utilizado por proveedores de contenido, incluyendo plataformas de IA y nuevos
proveedores especializados de cómputo, podría multiplicarse por nueve entre
2025 y 2035.
- En 2024, las redes de contenido y cloud representaron casi
tres cuartas partes de toda la demanda internacional de ancho de banda.
Compañías como Google, Meta, Microsoft y Amazon representan al menos el 80% de
la demanda en rutas como la transatlántica, transpacífica e intraasiática,
según TeleGeography (2026).
Evolución de la demanda internacional de ancho de banda: 2020-2024
|
Año |
Demanda
internacional de ancho de banda usado |
Crecimiento anual |
|
2020 |
~2,1 Pbps |
45% |
|
2021 |
~2,8 Pbps |
~33% |
|
2022 |
~3,9 Pbps |
~35% |
|
2023 |
~5,1 Pbps |
~30% |
|
2024 |
>6,4 Pbps |
29% |
Basado en el informe The State of the
Network, 2026 Edition de TeleGeography.
Esta realidad obliga a considerar la capacidad de movimiento
de datos como una variable necesaria para pensar la geopolítica digital. Si el
poder de la IA está atado a la capacidad de procesar información, también
depende de la capacidad de moverla. Las rutas que lo permiten son, por tanto,
infraestructura estratégica.
Soberanía digital e infraestructura crítica
Esto obliga a ampliar la idea de soberanía digital. Un país
puede tener leyes de protección de datos, estrategias nacionales de IA y
discursos sobre autonomía tecnológica. Pero si depende de pocas rutas
internacionales de conectividad, de proveedores externos de nube y de puntos de
aterrizaje vulnerables, su soberanía digital será limitada, pues ya es una
cuestión regulatoria tanto como infraestructural, en tanto su ejercicio requiere
redundancia, diversidad de rutas, seguridad de puntos de anclaje de red, capacidad
de reparación, cooperación marítima, inversión en conectividad regional y
evaluación de riesgos en corredores críticos.
Estos elementos conectan la geografía política con la
gobernanza digital. Por eso, la Comisión Europea ya trata la seguridad y
resiliencia de los cables submarinos como una prioridad y, en febrero de 2024,
adoptó la Recomendación
(UE) 2024/779 sobre infraestructuras de cables submarinos seguras y resilientes,
orientada a mejorar la coordinación, la gobernanza y la financiación para
proteger esa infraestructura.
Rutas de datos, vulnerabilidad y poder geopolítico
El caso del Golfo Pérsico ilustra bien esta situación.
Arabia Saudita, Emiratos Árabes Unidos y otros actores regionales compiten por
posicionarse como hubs globales de IA. Cuentan con capital, energía, ambición
tecnológica y voluntad política para hacerlo. Sin embargo, sus pretensiones
están atadas a rutas de conectividad que atraviesan zonas altamente sensibles,
como ocurre hoy con el Mar Rojo y el Estrecho de Ormuz.
Dado ese elemento, ¿puede la región garantizar la
estabilidad de la conectividad necesaria para posicionarse a nivel global como
hub tecnológico digital? La pregunta aparece cuando se integra la conectividad
en el análisis geopolítico. También muestra un punto clave: incluso en la
economía “etérea” de la IA, la ubicación importa. La digitalización no derriba
la geografía; la reconfigura.
Un país que depende de pocas rutas internacionales de
conectividad, o de rutas inestables o vulnerables, enfrenta una restricción de soberanía digital que no solo es regulatoria, sino también infraestructural.
Esto es precisamente lo que Chile intenta evitar al
posicionarse como puerta de entrada a América Latina. El proyecto Cable
Humboldt, impulsado por Google junto con el Estado chileno y la Polinesia
Francesa, busca conectar Chile, la Polinesia Francesa y Australia, creando la
primera ruta submarina directa entre América del Sur y Asia-Pacífico a través
de un tendido de 14.800 kilómetros, con entrada en operación prevista para
2027.
Conclusión
Los cables submarinos de transmisión de datos se han vuelto,
para la IA, lo que las rutas marítimas representaron para el comercio
industrial y los oleoductos para la industria petrolera en un mundo cuya
producción industrial dependió históricamente del consumo de combustibles
fósiles.
Esas venas y arterias que forman el sistema circulatorio de
datos de la IA definirán nuevas divisiones de roles en la economía global de
los datos. Ya forman parte de las disputas por el poder global, pero también
deberían ocupar un lugar más visible en las discusiones sobre desarrollo,
conectividad y autonomía tecnológica.
Por sus funciones, dimensión transnacional e impacto sobre
las posibilidades de desarrollo, el trazado y gestión de cables submarinos no pueden
quedar en manos de agentes privados, pero por sus costes y desafíos técnicos
van más allá de las posibilidades de los gobiernos nacionales. Más temprano que
tarde será necesario definir una lógica clara de alianzas público-privadas y
comenzar a considerar esos cables como bienes públicos globales.
Referencias
TeleGeography
(2026). The State of the Network, 2026 Edition.
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