Por Javier Surasky
Nota del autor: este es el texto más difícil que me ha tocado escribir en este blog, no por su densidad analítica ni por el proceso previo de investigación, sino porque tener que escribir sobre esto me duele profundamente.
El Mundial 2026 terminó formalmente cuando España derrotó a Argentina y se consagró campeona, pero se extendió en un campo de juego diferente: las redes sociales, donde Argentina fue presentada como el país más racista del mundo, una sociedad de descendientes de nazis y nación que merecía ser humillada mediante referencias a las islas Malvinas.
Circularon declaraciones tanto verdaderas como falsas, atribuidas
a personajes del deporte y el espectáculo, en muchos casos acompañadas de
material recortado y manipulado mediante inteligencia artificial para sostener
posiciones de odio, un fenómeno que no puede reducirse a excesos individuales y
que, en cambio, entiendo expresa la forma en que se produce, circula y valida el discurso público en la era digital.
Las plataformas sociales actúan mediante un “ver-reaccionar”,
sin reflexión entre ambos momentos: el segundo se produce como reflejo
inmediato del primero, proceso al que la IA generativa aporta capacidad para generar
imágenes que confirmen un prejuicio e intensifiquen la “pulsión” por
reaccionar.
El resultado es tan simple como patético: un contenido
provoca una reacción; la reacción impulsa su distribución masiva y la
distribución sustituye la verificación.
Cuando integramos en ese circuito a celebridades, todo se
amplifica y, si luego se retractan, ya para entonces han perdido el control
sobre su mensaje inicial.
En consecuencia, no se trata únicamente de quien dijo qué,
porque quien compartió, quien creyó porque la imagen parecía real, quien
difundió una publicación alineada con su posición previa también importa, y
mucho.
Con ello surge una pregunta incómoda: ¿Quién se beneficia
del mensaje?
Dos caminos digitales de propagación del odio antiargentino postmundial
Las agresiones contra Argentina tuvieron dos ejes
extrafútbolísticos principales: el supuesto carácter de país racista y la
búsqueda de humillar el reclamo argentino por Malvinas, un tema muy instalado
en el corazón de los argentinos.
No por casualidad, ambos ejes comparten la misma estructura:
parten de hechos históricos reales, los simplifican al máximo y los convierten
en esencia de un ser nacional argentino, al que presentan como arquetipo único
y despreciable.
Veamos: Argentina tiene una historia de racismo y de construcción de una identidad blanca, recibió criminales nazis después de la Segunda Guerra Mundial y mantiene una disputa de soberanía con el Reino Unido por las islas Malvinas, Georgias del Sur y Sandwich del Sur, pero el relato transforma eso en que todos los argentinos son hoy racistas, descendientes de nazis o responsables por la Guerra de Malvinas de 1982, donde fueron derrotados por el ejército británico, lo que convierte procesos históricos cercanos o lejanos en el tiempo en una identidad hereditaria asignando a toda la población características degradantes. El salto desde allí a la xenofobia es muy corto.
Racismo y Samuel L. Jackson como paradigma del estúpido útil
El reposteo de Samuel L. Jackson es una pieza importante de
lo sucedido: el actor compartió en Instagram una publicación original de SEC
Black Alumni Network, una red social y comunidad de exalumnos
afroamericanos de las universidades que integran la Conferencia del Sureste de
los Estados Unidos, que pedía a las personas negras que no apoyaran a la
selección argentina afirmando que el país había sido históricamente “uno de los
países más racistas del mundo, si no el más racista”,
Allí comparaba a las personas negras que simpatizaran con el
equipo argentino con Stephen, el personaje interpretado por Jackson en Django
Unchained, que representaba a un negro esclavizado que colabora con el
régimen racial que somete a otros negros (Jaureguy, 2026; La Nación, 2026a) y
una imagen de ese personaje vistiendo una camiseta argentina generada por IA
acompañaba al post (Operation Sports, 2026), dando a la IA una función
argumentativa: transformaba la acusación en una representación visual que producía
una asociación emocional eficaz entre Argentina, esclavitud y traición racial (Qu
et al., 2023).
La afirmación de Jackson es demasiado burda: decir que
Argentina tiene una historia de racismo, invisibilización y blanqueamiento es
defendible, pero decir que es “el país más racista del mundo” exigiría un
trabajo intelectual que claramente supera las capacidades, y la intencionalidad
comunicativa, de ese personaje que, al dirigirse a “las personas negras” como
si constituyeran un sujeto político homogéneo, pretende imponer una obligación
racial de comportamiento tal que acaba por negar la autonomía y pluralidad de
las mismas personas a las que pretende defender.
Por mi parte, no intento negar la historia de discriminación
racial argentina, todo lo contrario, al poner el juicio crítico en juego, es
fácil hallar que la apariencia predominantemente blanca de la selección tiene
antecedentes históricos y no constituye un hecho demográfico neutral.
Según el “Censo de Vértiz” de 1778, que identificaba las
categorías coloniales de blancos, indígena, mestizo, mulato y negro, los
mulatos y negros eran cerca del 28 % de la población de Buenos Aires (Johnson
& Socolow, 1980). Para 1810, año de la Revolución de Mayo que inició
institucionalmente el proceso de independencia del entonces Virreinato del Río
de La Plata, esa proporción era ya de casi un tercio de la población porteña,
la mayoría registrada como esclavizada.
Fuera de Buenos Aires, ese mismo censo ubica en categorías
coloniales asociadas con negros, mulatos y zambos al 64 % de la población de
Tucumán, el 59 % de la de Catamarca, el 54 % de la de Santiago del Estero, el
46 % de la de Salta y el 44 % de la de Córdoba, demostración de que esas
poblaciones eran parte de la sociedad y, en algunas regiones, incluso
representaban a la mayoría de los habitantes (Delgado, 2004, p. 166).
Esto cambia la pregunta de ¿por qué Argentina nunca tuvo
población negra? Por la de ¿cómo la población negra llegó a ser representada
como inexistente?
Sin hacer un análisis detallado, sabemos hoy que las guerras
por la independencia contribuyeron a esa transformación: personas esclavizadas,
libertas y afrodescendientes fueron incorporadas a las fuerzas militares y
utilizadas como “carne de cañón”. Su participación en los ejércitos no fue una
decisión adoptada por ellos en condiciones de libertad, sino que podía ser
impuesta por “sus dueños”, ordenada por las autoridades o incentivada por promesas
de emancipación.
A ello se agrega que la epidemia de fiebre amarilla de 1871 afectó
a una sociedad profundamente desigual en la que los sectores con recursos
podían abandonar las zonas de contagio y los sectores populares no, incluso con
referencias al ejercicio de poder policial para asegurar que no lo hicieran y
aumentaran el riesgo de contagio en las zonas donde se ubicaba la población de
mayores recursos
A ello se sumó un proceso político de promoción estatal de
la inmigración europea. El artículo 25 de la Constitución argentina, aún
vigente, ordena al gobierno federal fomentar la inmigración europea, la mayor
expresión de un proyecto de construcción nacional que asociaba Europa con
civilización, ciencia y modernidad. La llegada masiva de europeos blancos,
especialmente de España e Italia, contribuyó a modificar las proporciones
demográficas.
Ese proyecto político estuvo acompañado de una narrativa de
la Argentina como una nación blanca, que redujo la negritud a un rol folclórico
del pasado colonial. La “invisibilización” de los negros en la historia
argentina fue premeditada y se extiende, aunque con menor intensidad, hasta
nuestros días.
Goebel (2026) advierte que la invisibilización estadística
no explica toda la disminución registrada de la población negra y sostiene que
estos procesos pueden haber estado vinculados a un descenso demográfico
asociado a condiciones estructurales adversas.
El último Censo Nacional, realizado en 2022, registró
302.936 personas que se reconocieron afrodescendientes o con antepasados negros
o africanos, equivalentes al 0,7 % de la población en viviendas particulares
(Instituto Nacional de Estadística y Censos [INDEC], 2024), pero tras siglos de
invisibilización y negación, es muy posible que el autorreconocimiento esté
expresando desconocimiento y negación de quienes viven hoy en Argentina de sus
raíces o que subsista algún tipo de “vergüenza”.
La Argentina predominantemente blanca es resultado de
procesos históricos y políticos intencionados. Una selección nacional argentina puramente blanca expresa procesos históricos de colonialidad similares a los del colonialismo de la selección francesa, entre otras selecciones europeas.
Otra crítica racializada fue la ausencia de negros en la
selección Argentina, y quiero ser muy claro al respecto: la composición racial
de una selección no es expresión de integración social y la presencia de
jugadores negros o hijos de migrantes en selecciones europeas posee un valor
más simbólico que real.
Lamine Yamal nació en España y es hijo de un padre marroquí
y una madre ecuatoguineana. Su participación en la selección española cuestiona
concepciones étnicamente cerradas de nacionalidad, pero su éxito esconde la
forma en que son tratados los hijos de migrantes marroquíes en España y los
estereotipos que se les asignan.
Francia presenta una paradoja similar: sus selecciones cuentan
desde hace tiempo con jugadores negros como Kylian Mbappé, Ousmane Dembélé o
N’Golo Kanté, descendientes de poblaciones africanas y caribeñas, un reflejo de
la diversidad de la sociedad francesa, así como de su pasado colonial, y solo
demuestran que un deportista excepcional puede ser símbolo nacional mientras
otros integrantes de su comunidad enfrentan discriminación laboral, segregación
residencial o cuestionamientos sobre su pertenencia.
Las selecciones nacionales son portadoras de fragmentos de
historia: migraciones, esclavitud, blanqueamiento, y sus camisetas proporcionan
indicios y plantean preguntas.
Las redes producen una Argentina, una España y una Francia inexistentes
y dejan pasar una hermosa oportunidad para hablar de lo que se suele callar por
privilegiar imaginarios odiantes o endiosantes.
Es Malvinas, no Falkland, y son argentinas
Después de que los jugadores argentinos mostraran la bandera
“Las Malvinas son argentinas” tras superar a Inglaterra en semifinales, el periodista
británico Piers Morgan publicó en X: “Idiotas sin clase. Espero que España los
aplaste tan mal en la final como los aplastamos en la Guerra de las Malvinas”
(Morgan, 2026, como se citó en La Nación, 2026b).
El uso de la cuestión Malvinas como instrumento de humillación
muestra con toda crueldad como se produce una inversión colonial entre el
“nosotros” europeo poderoso y el “ustedes” subordinado y colonializado.
Las Malvinas integran la lista de territorios no autónomos
(colonias, bah) de la ONU desde su confección inicial, en 1946, y generaron la
única guerra entre países del bloque occidental que tuvo lugar durante la
Guerra Fría, impulsada por una dictadura genocida que gobernaba la Argentina,
que envió a luchar a chicos de 18 años, mal armados, mal alimentados y en
zapatillas (recomiendo ver la película “Los chicos de la Guerra” para entender
más).
Podemos poner en discusión el tratamiento que da Argentina a
sus excombatientes, el uso político de la causa, las responsabilidades de los
genocidas y altos mandos militares en la guerra, la política exterior argentina
sobre Malvinas, pero no negar que existe allí una cuestión colonial y sangre
derramada por jóvenes argentinos a los que el pueblo reconoce mucho más que
casi todos sus dirigentes.
Cuando una bandera con la frase “Las Malvinas son
argentinas” es presentada como una provocación ilegítima vemos la inversión
ideológica de la que hablamos: el problema es la bandera en sí misma, no lo que
ella transmite, y deja sin tocar la relación de poder que existe detrás. La
potencia ocupante es víctima y la sociedad que reclama es victimaria. Un
espectáculo triste.
Como agresora, la Argentina aparece expresando una sociedad
violenta y atrasada, actualizando la narrativa colonial, lo que pone bajo
observación a toda Latinoamérica, la misma que en la redes ha negado que
Argentina sea Latinoamérica, reactivando y perpetuando el sentido de una
política que es expresión de colonialidad y reactualizando la narrativa de que
“los argentinos descendemos de los barcos”, lo que reactualiza la historia de
invisibilización de la negritud, los pueblos originarios y las diversidades
étnicas por la que, al mismo tiempo, se acusa al país de racista. Interesante y
maquiavélico giro discursivo-político.
La responsabilidad de compartir y “dar like”: Rosalía y la confesión perfecta
El episodio de Rosalía fue diferente, pero ofrece una
representación aún más precisa del funcionamiento habitual de las plataformas,
y es similar al de otros artistas, como Patti Smith.
La cantante española compartió en TikTok un video publicado
por Mia Khalifa donde se burlaba de Argentina. Tras recibir fuertes críticas de
sus seguidores argentinos, la cantante eliminó la publicación y explicó: “Le di
a compartir porque sonaba ‘La perla’ (una canción de Rosalía), ni leí lo que
ponía. Mala mía. Perdón” (Prieto, 2026).
La explicación, por sincera, es significativa y una
demostración del circuito de reacción refleja que mencionamos antes: escuchar
su canción fue estímulo suficiente para compartir, acción más fuerte que dar “like”
porque amplifica la llegada del contenido a nuevos públicos.
Reaccionar a publicaciones sin leerlas no es un acto aislado
de Rosalía, sino una práctica extendida en las redes que cualquiera que
participe en ellas puede registrar sin problema ni esfuerzo: en ellas, el usuario
no necesita conocer, y mucho menos entender, un contenido para intervenir en su
circulación.
La retractación genera una serie de problemas propios: el
contenido original ya circuló unido a una figura pública y la disculpa aparece
después y dentro de un contexto defensivo, y queda planteada la duda, en casos
como el de una cantante que pronto llegará a la Argentina a dar conciertos,
sobre si es real o hasta qué punto se mezcla con intereses comerciales dado que
en el país se inició inmediatamente después de su primer post un llamado a
devolver entradas para sus conciertos (El País, 2026).
No se trata de afirmar que una rectificación carece de valor,
sino de reconocer la asimetría estructural que existe entre esta y la publicación
original: la primera se incorpora a la cadena emocional que impulsa la
controversia mientras que la segunda se integra en un proceso “de odio” que ya
adquirió autonomía.
La frase “no lo leí” de Rosalía explica el problema con más
precisión que cualquier teoría sobre manipulación algorítmica, y la respuesta,
creo, implica sumar a la responsabilidad un segundo componente igualmente
relevante: repensar la alfabetización digital, que está dando por hecho un
elemento central que la realidad desmiente, como lo es la lectura del mensaje
previo a su diseminación o reacción.
La pregunta oculta
Al abrir este blog dijimos que una pregunta que necesitaba
respuesta es la de quién se beneficia de este odio o, para decirlo más claro,
quiénes encuentran ventajas en presentar a la Argentina en una identidad única,
homogénea y degradada.
La primera respuesta surge de forma casi natural: quienes necesitan
ocultar relaciones históricas de poder y apuestan por crear cortinas bajo la
forma de una condena moral contra el país subordinado.
Nuestros primeros candidatos a beneficiarios son, entonces,
los viejos y nuevos imperios, reciban ese nombre o no.
El odio antiargentino también puede favorecer proyectos
nacional-fascistas, contra los que el progresismo protesta en escenarios
internacionales: al ser incapaz de distinguir la acción política de los
gobiernos de las sociedades que gobiernan provocan una unidad entre ambos que
no es siempre real, lo que contribuye a debilitar a quienes resisten dentro de
un país políticas de injusticia social y violaciones a los derechos humanos o a
los derechos de los grupos en situación de vulnerabilidad, volviendo la acción
progresista internacional en contra de quienes defienden ideas sociales dentro
del país. Esto es Maquiavelo recargado.
También se benefician los nacionalismos reaccionarios que
utilizan el agravio externo para justificar xenofobia, persecución de
extranjeros, hostigamiento digital o silenciamiento de disidencias, en una u
otra dirección según hablemos de Argentina o del resto del mundo, en un juego
donde los extremismos crean sus propias condiciones de potenciación: “yo te
odio”, “yo te odio más, “no, yo te odio más”
Y, como siempre, se benefician los que se benefician siempre
(esto no es un error de escritura): las grandes empresas tecnológicas de
internet y la IA: Fulay & Roy (2026) y Falkenberg et al. (2024) han mostrado
que la hostilidad dirigida contra grupos externos y el lenguaje tóxico están
directamente relacionados con la interacción en redes sociales y, agrego yo,
eso implica mayor uso de la IA por facilitación de contenidos falsos (Organización
de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura [UNESCO],
2026).
Las plataformas no necesitan adherir políticamente al
mensaje, solo dejarlo circular en nombre de la democracia digital: el algoritmo
se encarga del resto, distribuyendo los contenidos.
Conclusiones
Una publicación sin fuentes se convierte en diagnóstico
histórico; una imagen generada por IA es un argumento; una celebridad comparte
sin leer e intenta una retractación que ya no es plenamente posible; miles de
personas responden con nuevas generalizaciones, teorías conspirativas o
campañas de hostigamiento; otros tantos miles completan su significado mediante
reacciones, comentarios y nuevas publicaciones.
La IA no inventó el racismo, la xenofobia ni el nacionalismo,
ni las redes son el origen de la búsqueda de humillar al adversario o de crear
teorías conspirativas, pero ambas herramientas, puestas al alcance de un
público masivo, modifican la escala, la velocidad y los costos de esas
prácticas.
El problema tecnológico nace de la forma en que las personas
organizan su atención y gestionan su responsabilidad, sumado a otros elementos
como el uso del anonimato, la tendencia a creer lo que se ve, etc., y por eso
una sociedad democrática necesita de gente dispuesta a interrumpir cadenas de
odio tanto como de sistemas de detección de contenidos sintéticos.
Identificamos algunos beneficiarios de este proceso, pero ¿quiénes
pierden? Cuando el odio se apodera del discurso, todos los que creemos en los
derechos humanos, la democracia, la diversidad, el diálogo.
Samuel L. Jackson, Piers Morgan y Rosalía representan
presencias diferentes del mismo ecosistema, donde el primero amplificó un
mensaje de odio, el segundo utilizó la humillación en una situación sensible y
desplazó el foco de reclamo, y la tercera actuó de manera absolutamente
irresponsable.
Aunque la diferencia de intención importa, esos episodios
demuestran que el alcance de una cuenta en una red social no necesariamente es proporcional
al cuidado con el que se utiliza, y creo que es hora de asignarresponsabilidades especiales a las personas y entidades cuyas cuentas en redessociales superen un cierto umbral, porque su capacidad de causar daño es
inmensa: quien redistribuye un contenido aporta su audiencia, reputación y
capacidad de legitimación de lo publicado.
A veces, el gesto político más importante en una red social es
no presionar todavía el botón de compartir.
Referencias
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