Por Javier Surasky
La arquitectura previa de la experiencia digital
En la geopolítica internacional de la IA,
tradicionalmente buscamos el poder en normas, capacidad de imposición,
infraestructuras y poder de cómputo, pero en el entorno digital existe una
forma en que el poder se expresa de manera menos evidente y opera como
estructura previa a la adopción de decisiones: la configuración inicial de los
sistemas.
Cuando abrimos un dispositivo, usamos un navegador o hacemos
una búsqueda, no partimos desde cero, sino que ingresamos a una arquitectura
previa en la que alguien decidió qué opciones aparecen, en qué orden, en qué
idioma y con qué nivel de visibilidad y costos por no usarla asociados.
El orden, la descripción, los colores, el tamaño de los
botones y el momento en que aparece una opción influyen sobre la conducta del
usuario.
Desde ese lugar podemos pensar en una “geopolítica de
defaults digitales” que moldea el terreno desde el cual se hacen las
elecciones, orienta nuestras experiencias, reduce fricciones para algunas rutas
y las aumenta para otras, dando como resultado que seguir ciertas opciones
aparezca como más probable que seguir otras.
El default tiene una fuerza especial porque se apoya en
comportamientos muy ordinarios: son pocas las personas que revisan la configuración
de cada aparato o programa que utilizan, o leen cada política de privacidad que
aceptan, solo para seguir adelante.
En su libro “El algoritmo paternalista”, publicado en 2024,
Ujué Agudo Díaz y Karlos Liberal nos recuerdan que “evitamos las decisiones
siempre que nos es posible, especialmente cuando son difíciles y complejas. Por
ello, la alternativa más atractiva suele ser aceptar la elección
predeterminada, lo que se conoce como efecto default” (pp. 135-136), es decir
que lo más probable es que tomemos “lo que ya está instalado”, o se muestra
como la ruta de menor desgaste de tiempo, aplicando una racionalidad previsible
que los diseñadores de sistemas y aparatos digitales aprovechan dándonos sistemas
preparados para funcionar rápido, pero también información incompleta.
La configuración inicial es mucho más que un detalle pensado
para ayudar al usuario, es la manera en la que la empresa lo recibe y le
muestra la opción que ella prefiere que se adopte, pudiendo ser la diferencia
entre lograr o no una posición dominante de mercado o resultar prácticamente
invisible, entre una práctica de recolección de datos normalizada y otra que
exige consentimiento activo.
El poder del default está en no ser percibido por el usuario
como una decisión, sino que lo toma con naturalidad como una contribución del
sistema a su comodidad aun cuando detrás de cada opción predeterminada hay
criterios de jerarquización, intereses económicos, supuestos culturales y
relaciones de poder.
Defaults, mercados y regulación
En la Unión Europea, el Reglamento de Mercados
Digitales (Digital Markets Act o DMA), de 2022, no menciona expresamente el
diseño de opción por defecto, pero sí restringe prácticas de diseño e interfaz que
pueden aprovechar la inercia del usuario mediante opciones preseleccionadas o
barreras de salida exigiendo que ciertas funciones, como la baja de servicios
básicos de plataforma, puedan ejercerse en condiciones claras y no obstructivas,
reduciendo con ello la posibilidad de que la elección del usuario se vea
condicionada por fricciones artificiales más que por una decisión libre.
La norma se hace eco del poder de ciertas plataformas que actúan
como guardianas del acceso a servicios digitales críticos, como buscadores,
tiendas de aplicaciones, navegadores y sistemas operativos, y propone abrir
espacios de elección para usuarios y empresas que dependen de esos ecosistemas.
Esa regulación, por primera vez, aborda el tema del diseño
del default como un problema que se inicia en el diseño, pero se extiende hasta
competencia, derechos de los consumidores, protección de datos y poder de
mercado, ya que cuando una plataforma controla el sistema operativo, la tienda
de aplicaciones, el navegador, el buscador, el sistema de pagos, el asistente y
más, la opción predeterminada funciona como un posicionamiento de ventaja
estructural por acaparamiento del lugar inicial.
Apple, por ejemplo, se vio forzada a introducir cambios para
usuarios de la Unión Europea a partir de la entrada en vigor del DMA,
incluyendo una pantalla de elección para el navegador a utilizar, una sección separada
de aplicaciones predeterminadas y facilidades antes inexistentes para modificarlas
o eliminarlas.
Vemos algo parecido en el caso contra Google por el mercado
de búsqueda que tuvo lugar en los Estados Unidos, donde el Departamento de
Justicia sostuvo que los acuerdos de distribución que ubicaban a Google como
buscador predeterminado en dispositivos y navegadores ayudaron a mantener su
posición dominante, dando visibilidad a los contratos de distribución, acuerdos
con fabricantes y ubicación predeterminada de programas.
Detrás de estas decisiones aparece un elemento económico que
motoriza los diseños de inicio, porque ser “opción predeterminada” implica recibir
tráfico, datos, aprendizaje, escala y familiaridad, y por ello cada usuario que
permanece en la configuración inicial refuerza el servicio dominante, cada
consulta, interacción y preferencia alimenta de datos a sistemas que mejoran
con el uso.
Pero pensar que se trata de un mero problema de ventaja
económica es un error, porque una mirada desde la geopolítica, como la que
proponemos aquí, expone cómo las opciones por defecto distribuyen autoridad y crean
dependencia.
Un buscador predeterminado puede condicionar la información
que se vuelve prioritaria, o incluso accesible, el uso de un mapa implica tomas
de posiciones cartográficas y territoriales; el idioma por defecto favorece a ciertos
mercados y poblaciones, dejando a otros atrás; una configuración de privacidad altera
la posibilidad de las compañías de acceder a datos, y la lista continúa.
En ese contexto, la pregunta por los defaults se acerca a
una pregunta más amplia por la soberanía digital.
La IA generativa como mediación cognitiva
La inteligencia artificial generativa no hace más que intensificar
el volumen del problema de las opciones predeterminadas.
Con los asistentes de IA, lo predeterminado empieza a operar como una capa de mediación cognitiva que otorga al usuario una respuesta entre muchas otras posibles o, en otros términos, ordena la información que va a
recibir sin que este sea consciente de ello ni se le haya explicado.
Preguntas técnicas, como qué modelo responde, con qué
fuentes, dentro de qué marco cultural, bajo qué criterios de relevancia y con
qué límites, adquieren un gran peso político.
Además, con la IA la interfaz deja de mostrar listas de
posibilidades y, en cambio, produce una formulación única, algo fácilmente
visible en los buscadores, donde la integración de la inteligencia artificial
nos ha llevado de una listado de links, atrapados en una burbuja pero al menos
un listado, a una respuesta más rápida, práctica y directa, pero única: el default
pasa del campo de los servicios al del acceso a la información y produce
uniformidad de respuestas, blindando la burbuja que nos preocupaba porque ya
era, en sí misma, un obstructor del diálogo y la diversidad de visiones.
También hay una dimensión jurídica que debemos considerar,
porque la configuración inicial puede “empujar” al usuario hacia una
determinada jurisdicción, a ciertos términos de servicio, a un sistema
específico de resolución de controversias o a estándares particulares de
privacidad; en entornos digitales transnacionales, aceptar una configuración
es aceptar la aplicabilidad de un corpus jurídico que le viene asociado
dentro de contratos y políticas internas que los usuarios no leemos, ni estamos
preparados para comprender: el contrato completo
de Windows, en inglés, tiene una extensión de más de 17.000 palabras, algo
más que la versión en ese idioma de “El Principito” (The Little Prince) y el de
Spotify, en
español y para Argentina, más de 6100, mientras que le cuento “Funes, el
memorioso” de Borges, no alcanza las 3.000.
Conclusiones
Los diseños por defecto simplifican, en gran medida,
cuestiones de usabilidad, seguridad, compatibilidad o eficiencia, ya que cada
dispositivo, aplicación o asistente necesita algún punto de referencia como partida.
La pregunta geopolítica es quién y dónde se define ese punto
y con qué posibilidad efectiva de modificación. La falta de transparencia sobre
lo que viene preconfigurado, sus razones y las consecuencias de aceptarlo son
evidentes para cualquier usuario y no hacen más que agravar la situación, ya de
por sí grave si aceptamos que “lo predeterminado” tiene efectos sociales.
La disputa geopolítica por la IA es, entre muchas otras
cosas, una competencia por establecer los valores predeterminados del
ecosistema digital, lo que implica liderar la definición del entorno inicial de
decisión, posicionando la contienda por establecer opciones por defecto como un
factor central: quien se imponga logrará que su propuesta sea la alternativa
“natural” para otros gobiernos, empresas y usuarios, y su arquitectura técnica-decisional
terminará condicionando normas, mercados y alineamientos estratégicos.
Por ello, es necesario profundizar mecanismos de auditoría de
opciones predeterminadas capaces de identificar si las configuraciones por defecto
están afectando derechos, reglas de competencia, acceso a información pública o
participación ciudadana y transparentar sus mecanismos de funcionamiento,
bajo la premisa de que cada interfaz predeterminada es una oportunidad para organizar
relaciones sociales, distribuir oportunidades, mostrar u ocultar.
La geopolítica digital es una disputa por la soberanía del
conocimiento, la información y el acceso a los datos: en una sociedad
crecientemente digital, quien diseña la normalidad digital ejerce poder, y quien
define lo predeterminado establece desde dónde empiezan a decidir los demás. No
creo que en el siglo XXI debamos llamar a eso poder blando, sino “colonialidad
por defecto”.
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