Por Javier Surasky
El 23 de septiembre de 2026, el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas dedicó su 10.228ª sesión a la inteligencia artificial y la seguridad internacional, para lo que se conformó un panel fue inusual y, por sí solo, revelador: junto con Yoshua Bengio, copresidente del Panel Científico Internacional Independiente sobre Inteligencia Artificial de Naciones Unidas, estaban Sam Altman, CEO de OpenAI; Dario Amodei, CEO de Anthropic; y Clément Delangue, CEO de Hugging Face.
Los cuatro expertos realizaron exposiciones sobre el tema de
la sesión, mostrando una significativa convergencia ya que ninguno de ellos
defendió una trayectoria de desarrollo de la IA librada a las dinámicas
actuales, sino que reconocieron riesgos, aceptaron alguna necesidad de
cooperación internacional y, con matices importantes, coincidieron en que los
seres humanos deben conservar capacidad de control sobre sistemas cada vez más
autónomos y poderosos.
Esos acuerdos son engañosos, pues solo miran la superficie
de las aguas narrativas.
“Control humano” parece ofrecer un punto de encuentro, pero
poco nos dice sobre cómo se piensa distribuir entre los propios seres humanos
el poder para ejercer ese control. Las respuestas entre líneas de las cuatro
exposiciones son muy diferentes, ya que mientras algunas trasladan autoridad
hacia Estados y mecanismos internacionales de supervisión, otras preservan un
papel clave para las empresas que desarrollan los modelos, y una tercera línea
se posiciona en favor de distribuir capacidades tecnológicas para evitar nuevas
concentraciones de poder.
Queda expuesto que la controversia sobre el control de la IA es una controversia sobre la distribución del poder humano frente a la IA, elemento que aparece con especial claridad en tres dimensiones presentes en las exposiciones de los expertos: gobernanza, safety y visiones del futuro. Vamos a explorar cada una de ellas con algo de detalle.
Gobernanza: diferentes arquitecturas de autoridad
Yoshua Bengio presenta la formulación más claramente orientada hacia el control externo de la frontera tecnológica.
En su diagnóstico, parte de una crítica a la idea de que las
principales empresas se encuentren atrapadas en una carrera que no pueden
detener. “The race is not a law of nature”, afirma, y la identifica como una
consecuencia de decisiones que pueden ser políticamente modificadas.
De allí deriva una proposición clave: decisiones sobre la IA
que afectan al conjunto de la humanidad no deberían quedar en manos de unas
pocas empresas localizadas en unos pocos países.
La arquitectura institucional que Bengio propone es coherente con
ese diagnóstico: los desarrolladores deberían demostrar ante expertos
independientes que sus sistemas son seguros antes de entrenarlos y
desplegarlos, informar incidentes y quedar sujetos a mecanismos de
responsabilidad.
Bengio propone además licenciar la IA de frontera como se
hace con tecnologías críticas en medicina, aviación y energía nuclear,
acompañado por seguros de responsabilidad, así como independencia científica
respecto de las empresas, mecanismos compartidos para reportar incidentes y
acuerdos que garanticen sistemas seguros por diseño.
La analogía regulatoria es importante, yo mismo la he
trabajado fuera de este blog (ver aquí) y ha sido un problema que tuve que
enfrentar, porque cada una de ellas remite a sistemas en los cuales
determinadas actividades no pueden realizarse simplemente porque un actor
disponga de capacidad técnica para ello, sino que dependen de autorización,
evaluación y supervisión.
Pero la analogía también deja cuestiones abiertas, porque
los tres sectores mencionados por Bengio poseen regímenes jurídicos e
institucionales muy distintos que, invocados en conjunto, podrían permitir justificar
la necesidad de autorización previa y responsabilidad, pero nos dicen poco acerca
de qué institución debería otorgar licencias, con qué criterios, quién
verificaría su cumplimiento o cuál sería la relación entre reguladores
nacionales y mecanismos internacionales.
Dario Amodei comparte buena parte del diagnóstico de
urgencia, pero la arquitectura institucional que propone es más incremental,
señalando la disposición de Anthropic a incorporar evaluadores externos con un
nivel de acceso semejante al de empleados de la empresa. Utiliza una analogía
distinta a la de Bengio: el evaluador debería funcionar como lo hace un
inspector de alimentos: inserto en las empresas. La metáfora sugiere un modelo
de gobernanza en el que la empresa conserva el control operativo, mientras un
actor externo verifica riesgos y cumplimiento desde dentro.
A ello suma la necesidad de coordinación entre empresas para
establecer estándares y modular el ritmo de avance, seguida por cooperación
entre gobiernos para construir normas internacionales.
Su propuesta internacional comienza deliberadamente por
acuerdos de corto alcance: una prohibición del uso de IA para producir armas
biológicas, sistemas de evaluación y verificación que permitan a los Estados
conocer las capacidades de los modelos de frontera y estándares comunes para
evaluar riesgos de pérdida de control y mal uso (misuse).
La gobernanza imaginada por Amodei combina autorregulación
empresarial, inspección externa y cooperación interestatal.
Sam Altman se mueve en otro registro.
El líder de OpenAI reconoce expresamente que las empresas no
deben sustituir al proceso democrático y sostiene que las decisiones
fundamentales sobre IA no pueden quedar confinadas a “labs in San Francisco”,
por lo que propone la definición de estándares nacionales e internacionales
complementarios para medir capacidades, evaluar riesgos, determinar si las
salvaguardias son suficientes y preservar una supervisión humana “significativa”,
a lo que agrega la referencia a mecanismos comunes de reporte de incidentes y
canales seguros entre gobiernos, operadores de infraestructura crítica y
expertos técnicos.
Sin embargo, Altman introduce límites importantes cuando
señala que los estándares no deberían afianzar la posición de los actores ya
dominantes ni favorecer un determinado modelo empresarial, sino permitir la
coexistencia entre desarrolladores de modelos abiertos y cerrados, grandes
laboratorios y nuevos actores, dejando a cada Estado la potestad de decidir
cómo incorporar estándares internacionales a su ordenamiento jurídico.
Clément Delangue empuja el problema un paso más allá y
focaliza su preocupación en las asimetrías existentes: entre atacantes y
defensores, entre grandes empresas y el resto de los actores, entre unos pocos
países y los demás.
El riesgo, dice, aparece cuando capacidades, poder de cómputo
y control quedan excesivamente concentrados, por lo que sostiene que el código
abierto (open source), transparencia y divulgación de incidentes (disclosure)
no son obstáculos para la seguridad, sino condiciones para alcanzarla.
El resultado es que los cuatro expositores aceptan algún
tipo de gobernanza, pero los instrumentos que proponen distribuyen autoridad de
maneras diferentes: licencias, evaluaciones independientes, estándares
interoperables, inspecciones dentro de empresas o apertura de modelos no
producen únicamente efectos técnicos, sino que definen quién puede desarrollar
sistemas avanzados, quién puede examinarlos, quién decide cuándo un riesgo es
aceptable y qué actores conservan acceso a las capacidades más poderosas.
Una arquitectura estricta de licencias y cumplimiento puede,
por ejemplo. reducir ciertos riesgos y, al mismo tiempo, elevar barreras de
entrada que sólo unas pocas empresas pueden afrontar, y cuando se afirma que la
apertura puede disminuir concentración y ampliar las capacidades defensivas, debemos
tener en cuenta que también extiende el acceso a capacidades susceptibles de ser
mal utilizadas (misuse).
Queda claro entonces que elegir entre instrumentos de
gobernanza implica tomar posición sobre la forma que asume la distribución del
poder.
Safety: todo riesgo es político
La palabra safety ocupa un lugar central en las
cuatro intervenciones, aunque su contenido varía considerablemente entre ellas.
Bengio identifica tres amenazas globales asociadas con los
modelos de frontera: misuse catastrófico, concentración de poder y
pérdida de control. La inclusión del segundo elemento resulta especialmente
significativa, porque no aparece como una consecuencia económica o política del
desarrollo de la IA, sino integrada al problema de seguridad, lo que amplía el
concepto de safety: si la concentración de capacidades constituye por sí misma
una fuente de riesgo, mantener sistemas técnicamente controlables no resulta
suficiente y debe prestarse atención a quién tiene esos sistemas y con qué
capacidad cuentan otros actores para condicionar su desarrollo.
Amodei formula una clasificación más estrecha: misuse
y pérdida de control, a las que otorga tal gravedad que acaba por apuntar a la
IA como “the most important global security issue facing the world today”.
Su ejemplo paradigmático de misuse es el uso de
modelos para facilitar la creación de armas biológicas, y destaca que la
pérdida de control surge cuando las capacidades de los modelos avanzan más
rápidamente que las de sus desarrolladores para controlarlos.
Altman queda bastante cerca de esa posición y advierte sobre
la posibilidad de que sistemas cada vez más autónomos avancen más rápido que
nuestras instituciones, concentren poder y adopten decisiones que los seres
humanos ya no puedan comprender o controlar.
Afirma que ningún nivel significativo de riesgo catastrófico
sería aceptable y que no deberían entrenarse modelos respecto de los cuales no
pueda construirse un caso extremadamente sólido de que permanecerán bajo
control humano (no es precisamente lo que viene mostrando su empresa).
Su concepto de control introduce una dimensión adicional: el
alineamiento (alignment) significa para él mantener los sistemas bajo
control humano al mismo tiempo que impedir que el juicio y los valores humanos
sean automatizados. En el plano político, Altman vincula ese principio con
instituciones democráticas capaces de participar en las decisiones sobre la
trayectoria tecnológica.
Delangue ofrece la objeción más fuerte. A partir de la
experiencia de un ciberataque autónomo sufrido por Hugging Face,
sostiene que el mayor riesgo no es una Ia poderosa sino la (asimetría de la IA
poderosa” (asymmetry of powerful AI).
Las salvaguardias de modelos propietarios pueden bloquear
usos defensivos legítimos, pero atacantes suficientemente capacitados trabajando
con modelos particularmente avanzados encuentran modos de sortearlas. En su
relato sobre el ataque contra Hugging Face cuenta que su equipo recurrió
finalmente a un modelo open source para defenderse y deriva de ello una
conclusión general: distribuir capacidades puede formar parte de una estrategia
de seguridad.
De estas cuatro posiciones resultan dos lógicas que conviene
tratar como categorías analíticas, no como conceptos ya establecidos.
Por un lado, el safety como “contención”: limitar
determinadas capacidades, someter su desarrollo a controles y evitar que
sistemas peligrosos sean entrenados o desplegados.
Por el otro, el safety como “distribución de
capacidades”, basado en la reducción de asimetrías para que defensores, Estados
con menor capacidad tecnológica u otros actores puedan comprender, auditar y
utilizar herramientas suficientemente poderosas.
Si bien la segunda puede incluir a la primera, existe entre
las dos una tensión difícil de eliminar porque, como dijimos, restringir acceso
puede disminuir la probabilidad de determinados usos peligrosos y
simultáneamente concentrar capacidades en quienes ya ocupan posiciones
dominantes, mientras que ampliar el acceso puede reducir esa concentración y
aumentar resiliencia, pero a costa de expandir el número de actores capaces de usar,
bien o mal, sistemas avanzados.
Si se entiende que el problema prioritario es pérdida de
control, resulta razonable fortalecer mecanismos capaces de restringir acceso y
desarrollo, pero si el riesgo fundamental está en la posibilidad de misuse,
entonces verificación, trazabilidad y control de aplicaciones avanzadas
adquieren máxima prioridad. Si, en cambio, la amenaza central es la asimetría,
distribuir capacidades puede convertirse en parte de la solución.
Seguir una de esas líneas es posicionarse, y por tanto,
asumir una posición política frente al safety tanto o más que una de carácter
meramente técnico. La verdadera cuestión a definir frente a los riesgos
asociados al safety es qué riesgos priorizamos y qué distribución de
poder estamos dispuestos a aceptar para reducirlos.
Visiones del futuro: las expectativas como fuente de regulación
Las diferencias entre las propuestas de cada experto que expuso ante el Consejo de Seguridad se entienden mejor cuando vemos qué futuro imaginan.
Bengio piensa en una trayectoria peligrosa, pero todavía
modificable, utilizando la metáfora de un automóvil que avanza a gran velocidad
hacia una niebla densa: la situación es grave, pero no inevitable.
La carrera tecnológica existe porque empresas y gobiernos
toman decisiones que pueden ser alteradas, y esa premisa hace políticamente
plausible la construcción de restricciones colectivas capaces de cambiar la
trayectoria de conducción.
La temporalidad de Amodei es mucho más comprimida: bastaría
con prolongar durante “one or two years, maybe less” dentro de la trayectoria
reciente para llegar a algo que describe como un “country of geniuses in the
data center” que resulte en beneficios extraordinarios, especialmente para la
ciencia y la medicina, pero asocia esa situación con riesgos potencialmente
extremos. Ese horizonte temporal ayuda a entender su opción por acuerdos
estrechos, sistemas de verificación y mecanismos que puedan implementarse con
rapidez.
Altman organiza su visión alrededor de una bifurcación en la
que comienza por contraponer la posibilidad de un nuevo Renacimiento de
creatividad y descubrimiento, o una nueva revolución industrial marcada por la
disrupción y el desorden, y luego describe dos caminos que conducen, uno, hacia
concentración, opacidad y una tecnología que las personas sienten que les es
impuesta y, el otro, hacia una IA orientada por instituciones democráticas y
capaz de ampliar la agencia de individuos y comunidades.
Hay allí una contradicción intuitiva, porque Altman reconoce
que los sistemas pueden avanzar más rápido que nuestras instituciones y, al
mismo tiempo, deposita en esas mismas instituciones la capacidad de orientar
democráticamente el proceso.
Delangue construye un futuro diferente a partir de su
principal preocupación, más preocupado por un ecosistema caracterizado por
grandes asimetrías de acceso, capacidad y poder que por la posibilidad de una
superinteligencia fuera de control.
Desde esa mirada cuestiona expresamente las narrativas
antropomórficas y las imágenes de ciencia ficción, porque entiende que el miedo
puede conducir a decisiones equivocadas sobre una tecnología que entiende como
fundamentalmente habilitadora, pero introduce una cuestión más amplia: la
gobernanza de la IA no responde únicamente a riesgos observables en el presente
sino a expectativas de futuros posibles.
“Country of geniuses in a data center”, un automóvil
acelerando hacia la niebla, un nuevo Renacimiento, un mundo dividido por
asimetrías de capacidades son imágenes muy diferentes, y ninguna opera como una
simple descripción, sino que expresan situaciones en las que determinados
riesgos parecen más urgentes que otros y determinadas respuestas
institucionales más razonables.
El problema detrás del consenso
La reunión del Consejo de Seguridad muestra hasta qué punto se ha consolidado un vocabulario compartido en torno a la gobernanza de la IA: safety, transparencia, cooperación internacional y control humano son términos que se repiten una y otra vez, una convergencia terminológica que lejos está de representar un consenso emergente.
Todos coincidieron en que la IA debe permanecer bajo control
humano y, sin embargo, propusieron distribuciones diferentes del poder humano
que ejercerá ese control.
Bengio nos habla de que ese poder debe desplazarse fuera de
las empresas y hacia mecanismos independientes y colectivos, Amodei combina
responsabilidad empresarial con inspección externa y verificación interestatal,
Altman prioriza mantener la innovación dentro de un marco de estándares
compatibles con autoridad nacional y legitimidad democrática y Delangue subraya
que concentrar capacidades en nombre de la seguridad puede generar nuevas
vulnerabilidades y propone hacerles frente mediante apertura y transparencia.
Solo aquí se deja ver el verdadero problema del debate: preservar el control humano sobre la IA requiere decidir quiénes estarán en condiciones de ejercerlo, con qué herramientas y a través de qué instituciones. Tal como lo
veo, el debate dejó muy claro que el futuro de la IA depende más de cómo
distribuyamos su control real entre los seres humanos (y empresas y gobiernos) que
de nuestra capacidad técnica para mantener a las máquinas bajo control.
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